Me equivoqué. Pensé que Rajoy tenía más ganas de pelea. Creí que le iba a plantar cara a Sánchez, aunque solo fuese por lo que él dice: que lo echó de la presidencia sin haberle ganado en las urnas. Consideré que estaba tan seguro de su buena gobernación de España que la iba a defender frente a quien le arrebató el poder. Entendí que no quería retirarse de la política porque quiere a su país y, si es cierto que Sánchez se entregó a los independentistas y a la izquierda populista, él quería estar en la reserva por si España lo necesitaba para el rescate. Incluso llegué a escribir que, si cree que una vez salvó a España del desastre, su sueño sería rescatarla por segunda vez y salvar así su figura para la historia. Quien se considera y es considerado por muchos como uno de los mejores gobernantes de la democracia no podía marcharse como víctima de un fracaso, como un político asediado por el conjunto del Parlamento, o porque no había sabido gestionar una moción de censura.

Me equivoqué. El gran presidente, el que presumió de haber frenado la intervención de la economía, el que pilotó la recuperación y el que, según sus palabras, hizo frente con éxito a una declaración de independencia de Cataluña, tiró la toalla y lo comunicó haciendo un puchero, según la descripción de un cronista de La Sexta. Hace unos años no lo hubiera hecho. Hace unos años hubiera practicado su gran especialidad reconocida, que es la resistencia. Hoy, junio del 2018, el viejo luchador perdió las ganas de pelear. Ya peleó durante cuarenta años hasta el punto de repetir lo de Romanones: «¡Joder, qué tropa!». Que venga otro a salvar los restos del naufragio. Que venga otro, naturalmente Alberto Núñez Feijoo, el hombre de las mayorías absolutas y el que da más seguridades al partido, a restaurar ese barco desgastado. Sangre nueva, savia sin quemar, para la reconquista del cielo arrebatado.

Rajoy dejará un buen recuerdo. Hasta lo respeta Pablo Iglesias, siempre tan dispuesto a poner puentes de plata a enemigos en retirada. En su partido se le llora, mucho más de lo que se lloró a Fraga o a José María Aznar. Y creo algo más: Mariano Rajoy Brey no se retira solo por la moción de censura. Se marcha por las descalificaciones de la opinión publicada. Es víctima de esa opinión, que se empeñó en dar por cerrado su ciclo y en hacerle culpable directo del descenso del PP en la intención de voto. Pasado el tiempo, esa misma opinión le reivindicará como un político excepcional. Ocurrió con Adolfo Suárez. Ocurrió con Felipe González. Igual que ellos, su figura se agrandará, como es tradicional en la política española, en la que se cumple el principio de que tras mí vendrá quien bueno me hará.

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El hombre que no resistió el cerco