En nuestra juventud, todos los hombres empezamos a escribir un diario en cuyas páginas se confunden vocaciones, deseos y ambiciones. Y, como si de una novela autobiográfica se tratara, todos imaginamos un final -ya viejos- con barba cana y pelo blanco, rodeados de nietos, y pasando revista a un desfile de éxitos y quebrantos en los que la vida se hace plena y la muerte se ofrece natural y llevadera. Pero, como es lógico, muy pocos acaban su diario como tenían previsto. Porque ni las vocaciones ni las ambiciones resisten las duras exigencias de la vida. Y, salvo la gente que tiene mucha suerte, y disfruta de alguna de las variadas loterías de nuestro entorno, todos acabamos abandonando la disciplina de escribir, o perdiendo el diario en un traslado, o volcando el tintero, o dejando que un hijo pequeño garabatee las últimas páginas, para decirnos, fachendoso, que «es un pato nadando en un estanque».

Mariano Rajoy es la excepción. Escribió su cuaderno hasta la última hoja. Y en tomos sucesivos fue culminando su vocación, sus deseos y sus ambiciones, hasta perfilar las brillantes hazañas que dan testimonio de su vida profesional, de sus ilusiones personales y de una carrera política que, por su forma de cerrarse, es una vida al servicio del Estado. Por eso ayer pudo anunciar que iba a «echarse a un lado» -con tanta elegancia, tanto poder y tanta ternura- en la última hoja del diario. Se fue porque se le agotaron las páginas. Y mucho lamento que, en su humildad trabajosamente aprendida, no se atreviese a cerrar su discurso con el verso de Camôes: «Mais servira, se não fora para tão longo amor tão curta a vida».

No se trata de escribirle un epitafio prematuro al amigo que ayer compareció ante España con cara saludable, temple de acero y serenidad evidente. Ni de dar por sentado que un valor político tan probado, y tan necesario para España, abandona la actividad política para siempre. Solo quiero dejar constancia de que este exitoso político, que tocó con maestría todas las teclas -blancas y negras- del teclado democrático, ha dejado de competir. Que ya no sirve para compactar, en el «no es no», a la inmensa variedad de sus adversarios. Y que las cuantiosas ganancias que algunos alcanzaron, personificando en él los males de la patria, empiezan a dirimirse en una nueva liga que ya no se podrá jugar, espero, con cartas marcadas. Aunque los periódicos de hoy se esfuerzan en desmenuzar las razones e incertezas de una decisión política tan compleja, yo me atrevo a afirmar que la dimensión humana de ese «echarse a un lado» convierte en irrelevantes las consecuencias estratégicas de este hecho. Porque Rajoy ya es un valor incuestionable. Porque todo lo que venga a partir de hoy está escrito en otro cuaderno cuyo autor está por descubrir. Y porque, mientras el PP empieza a rearmarse para la gran batalla, Rajoy solo piensa en conquistar el merecido paraíso de su vida privada.

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Solo el fin corona la obra