Pedro Sánchez no ha llegado para gobernar quince días. Un presidente que está pensando en convocar elecciones a la vuelta de la esquina no convence a Josep Borrell para que vuelva a la primera línea de política ni se empeña en que Nadia Calviño deje a un lado los presupuestos de la Unión Europea. Y un jefe del Ejecutivo que opta por estos dos fichajes lo hace para lanzar un mensaje a Bruselas: «Esto no es Italia». Borrell, además, es el azote intelectual del independentismo. No basta con repetir la letanía de Soraya Sáenz de Santamaría («Constitución, Constitución») ni funciona lo de cantar Soy el novio de la muerte. El futuro ministro de Exteriores desmonta con argumentos el discurso separatista. No me diga que en Alemania la Constitución impide que un länder aporte más del 4,5 % de lo que recibe, esa norma no existe. No me repita que deberíamos publicar las balanzas fiscales como los alemanes, porque ellos no lo hacen. No me explique que hay un déficit de 16.000 millones, porque Andreu Mas-Colell, conseller de Economía de Artur Mas, calculó en el 2015 que una Cataluña independiente dispondría de 2.400 millones extra. Borrell ha hecho más en la sombra por la reputación de España que el titular de Exteriores saliente. Alfonso Dastis y compañía han permitido que los peores mensajes independentistas campen por Europa sin respuestas razonadas: salvadnos de los franquistas, esto es peor que Turquía, nunca Europa había visto esta brutalidad policial.

Mientras se ensambla el Gobierno, enternece escuchar a José María Aznar y a Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Bilis sin disimulo. Como si ellos no hubieran tenido nada que ver en el tránsito hacia el Tetris parlamentario. Como si aquellas mayorías absolutas no las hubieran devorado también ellos.

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