Venid a las cloacas


Cuando era un crío, una vecina de mi portal estuvo en la calle regañando a su hijo y un amigo de este algo más mayores que yo. El amigo, después de aguantar el considerable chorro de insultos que salían por la boca de aquella mujer, levantó la mano despacio para hacer callar y dijo «señora, que el Jose no ha chorao, que el que ha chorao soy yo». Efectivamente, el hijo de la señora solía ser el que esperaba fuera para dar la voz de alarma si se acercaba la policía o la autoridad real o figurada que pasara por allí. Los dos amigos estaban visiblemente drogados, no sabría decir a estas alturas si con pegamento, heroína, porros o las tres cosas a la vez.

La pareja artística se separó cuando uno de los miembros tuvo que ingresar en el reformatorio y posteriormente en prisión. En aquellos años, en el barrio, los padres se iban de vacaciones al pueblo y cuando volvían el hijo heroinómano les había vendido la tele, el radio casette y el vídeo Betamax. La vida era eso que ocurría a los que no tenían una hija o hijo yonquis, que a aquello no se le podía llamar vivir.

En un reproductor de vídeo Betamax fue donde vimos unos cuantos críos del barrio la película de José Antonio de la Loma «Perros callejeros», su secuela y algunas de las películas de parecida temática y diferentes intenciones de Eloy de la Iglesia. Ese reproductor de vídeo era el único que había en mi portal, que éramos casi tan pobres como los protagonistas de aquellas películas que algunos han dado en llamar cine quinqui. La película que cuenta la historia del delincuente común conocido como el Torete es de 1977, así que nosotros la vimos años después, justo cuando Los Chichos publicaron el álbum que contiene la canción dedicada al delincuente el Vaquilla, en 1985. La canción sonaba por todo el barrio, la gente sacaba los loros a la ventana y allí estaba zumbando el tema cada dos por tres. La canción dice que el Vaquilla reparte la pasta «que gana», lo que viene a ser un concepto más bien laxo de lo que es el trabajo.

En aquella época los había que flipaban bastante con aquellas películas, en especial las de José Antonio de la Loma. Personalmente nunca lo entendí muy bien. Sí bajaba a la plaza, podía encontrarme con personajes similares al Torete o al Vaquilla. Eran como mi vecino el vigía, el que no había chorao nada, y como su colega el que sí. No parecían héroes de la clase obrera, no eran valientes ni repartían nada de lo que obtenían robando. Es más, existían serias posibilidades de que tampoco compartieran aquello que te habían robado a ti por mucho orgullo de barrio que dijeran tener.

Ahora, tantos años después, se programan exposiciones y películas de cine quinqui en sedes de algunos partidos políticos y en centros culturales de postín gafapasta. Es cierto que son el retrato de parte de aquella época, una parte que muchos pretenden borrar o evitar, otros reivindican, y unos pocos nunca podremos lavarnos lo suficiente para arrancar ese recuerdo.

Los mal llamados «quinquis», que no lo eran en su mayoría, no fueron héroes. No robaban para repartir el botín, no luchaban contra el sistema ni pretendían cambiarlo. No eran piratas de los mares del sur, ni asaltaron el tren de Glasgow, ni se fugaron de Alcatraz. Sus vidas contaban como las de los perros, siete años cada año cumplido y algunos dientes menos a medida que las drogas les iban consumiendo. Morían jóvenes, muy jóvenes, nunca tuvieron futuro y su presente fue desolador. No pudieron imponerse a sus circunstancias, fueron poco más que peleles de un sistema que les abandonó antes de nacer y les persiguió con mayor o menor justicia. No hay absolutamente nada que reivindicar ni de lo que sentirse orgullosos.

Los supervivientes de aquellos tiempos convulsos son apenas fantasmas en chándals de acetato. Conozco a uno de ellos que se pone a fumar porros bajo la ventana de mi padre y cuenta batallitas de aquellos tiempos. Cuenta que su hermano mayor era el más rápido con la escopeta de cañones recortados. Era bueno, el tío. También era un cabrón que golpeaba a su mujer, y todos los hermanos de esa familia, tres hombres y una mujer, han pasado por la cárcel, han muerto o las dos cosas.

Me resulta difícil asimilar que un hipster pagado de sí mismo, con ínfulas de higienista, uno de estos que hoy se pasan el día analizando si este o aquel estilo de música popular es genuinamente de clase obrera o es una imposición yanqui, admirando en una exposición las presuntas heroicidades de algún delincuente común de los 80 que seguramente habría logrado con su sola presencia que se mearan encima. Tampoco es muy serio ver adultos con hijos reivindicando aquellas tristes figuras, como el Jaro, que murió con 16 años y a quien su corta vida de delincuente le dio para poco más que aterrorizar a la gente de a pie y pasar por este mundo pero por fuera de él, y cuya leyenda fue alimentada por la película de 1980 dirigida por Eloy de la Iglesia, «Navajeros». Señores con alrededor de cuarenta años a lo Joaquín Sabina, admirando las tristes vidas que afortunadamente no les tocó vivir no es algo muy serio. José Antonio de la Loma solía decir que aunque intentó que aquellos delincuentes reales que protagonizaron sus películas se reciclaran, fue imposible. «Es que se me morían», decía, y así era, que a día de hoy no debe quedar ninguno.

Para mí, esta realidad fue mucho mejor plasmada por aquella banda de Cornellá, del barrio de San Ildefonso, La Banda Trapera del Río, y sus himnos anticipadores del punk de por aquí «Ciutat Podrida», «Curriqui de barrio» o «Venid a las cloacas». Esta última canción acaba así:

Por eso ciudad satélite es como una enorme cloaca

por eso sus habitantes tienen rabo como las ratas

rabo como las ratas, como las ratas

rabo como las ratas, de cloaca!

La ciudad satélite es como se conocía al barrio de San Ildefonso. Esto era mucho más realista, porque crecer donde crecí te convertía en una rata a ojos de los de fuera. La realidad era fea, sucia y violenta, como se ve en las películas del cine quinqui, pero los que decidían ponerse fuera de la ley no eran héroes. En el barrio ya no queda prácticamente ninguno, fueron cascando todos o se perdieron por ahí: el Manco, el Comepalos, el Verdugo, el Vallecas... nunca más he vuelto a verles. Se fueron de una manera o de otra como se les fueron los dientes antes de tiempo, como se les emborronaban aquellos tatuajes de boli Bic y aguja realizados en el talego por algún colega con más ganas que talento, cómo se les cambió el rostro adolescente y se les instaló un sarcoma en la cara y un virus en las entrañas. Yo solo recuerdo dolor, malas películas y policía. Estos pobres chavales nunca lograron nada, nunca cambiaron nada, solo se empotraron contra un muro por querer llevar la misma vida que tú sin tener lo que tú. Nada que admirar, mucho de lo que avergonzarse. No se olvida para no repetirlo.

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