Un Consejo de Ministros muy lucido


Hay que reconocer que el primer Gobierno del presidente Sánchez le ha quedado, cuando menos, bonito. Se lo pensó y se lo curró mucho, sin ceder a las ansias de asentarse cuanto antes y de dar la sensación de que todo estaba pensado desde hace mucho tiempo. Y fue cumpliendo con exactitud los parámetros ideales que él mismo se había impuesto para generar una imagen de eficacia y seriedad. Entre esos parámetros están la paridad, la juventud, bastante experiencia, mucho equilibrio entre la fidelidad y la capacidad, y una buena habilidad para lanzar determinados mensajes simbólicos con algunos nombramientos -Borrell, Calviño, Batet, Duque y Méndez- que transmiten sentido de Estado, guiños a los antiguos barones, juventud, diálogo con Cataluña, cientificismo posmoderno y recuerdo de antiguos ministros -como Carmen Chacón- que fueron tenidos por encarnaciones esenciales de la modernidad socialista.

Es cierto que la belleza y el colorido del cuadro que forman los ministros no garantiza que todos, y muy especialmente cada uno de ellos, vayan a dar la talla en cuanto a eficacia en la gestión, prudencia política y buena conexión con el electorado. Pero eso no impide decir que, cuando se haga la primera foto del consejo de ministros, ninguna persona con buen criterio podrá sostener que la calidad del consejo ha bajado, o que al equipo de Sánchez le faltan piezas esenciales para llevar a cabo la difícil tarea que el presidente debe afrontar y resolver.

Lo malo es que las dudas que hemos manifestado sobre el Gobierno de Pedro Sánchez no estaban referidas a su capacidad para elegir bien sus colaboradores, ni a su voluntad de crear un equipo eficiente, ni a su deseo de emular - inicialmente, porque después ya veremos- los logros de anteriores gabinetes. El peligro que tiene Sánchez, y que muchos analistas le hemos recordado y reprochado, es el de meter esta buena selección en un estadio inapropiado, con más barro que césped, lleno de hoyos que funcionan como trampas, con las líneas de juego borrosas o sin pintar, y con unas gradas llenas de un público que anima a asumir objetivos contradictorios e irrealizables. La democracia no se sirve con una mera suma de capacidades, sino a partir de programas claros y concretos apoyados por mayorías coherentes y bien definidas. Por eso fracasan tanto los gobiernos de profesores, que gobiernan para sus propios ombligos, mientras dan tan buenos resultados los gobiernos políticos, hechos a la medida de lo valores y los deseos de los grupos que los apoyan.

Claro que un gobierno bueno siempre es mejor que uno malo. Y en eso el presidente Sánchez ya ha logrado su primer triple. Pero no debe olvidar que lo que hace dudosa su presencia en la Moncloa no son sus intenciones, ni sus ideas, ni la imagen mega-guay de sus ministros, sino el haber montado una columna tan grande sobre arenas movedizas. Ese es su problema y nuestro recelo. Y solo de eso lo vamos a examinar.

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