España se quita la faja


Ni vamos a caernos de un guindo con el nuevo Gobierno imaginando lo que no hay, ni vamos a hacer muecas para que no se nos note que sonreímos. Empecemos por la sonrisa. El alivio que flota en el ambiente se debe desde luego al PP. A veces al quitarnos los zapatos nos damos cuenta de cómo nos estaban rozando y magullando. El PP nos apretaba por todos lados, nos hacía llagas y escoceduras y se nos estaba avinagrando el gesto. Se defendía de sus escandalosos pecados a mordiscos, sus seguidores no tenían forma de dar la razón al Gobierno más que a salivazos y asimilando rencores desmedidos y los oponentes sólo podían disentir chillando, no había espacio para el razonamiento. Las leyes que nos quitaban derechos laborales o libertades básicas nos soliviantaban a diario y mantenían la crudeza de las descalificaciones que volaban por las redes sociales y las manifestaciones públicas. El PP desquició el desquiciamiento independentista hasta que no quedara sitio más que para actitudes desquiciadas. Todos los días había malas palabras, mentiras cínicas y culpables impunes. Como digo, no se podía dar la razón al Gobierno ni quitársela más que a bramidos. El acomodo más firme de lo que se esperaba de Pedro Sánchez y la dimisión de Rajoy hacen sentir como pasado al PP y es como si nos hubiéramos soltado una faja que nos apretaba la tripa hasta darnos retortijones.

Hay otra razón para la sonrisa en estos primeros momentos. Pedro Sánchez tuvo enemigos muy antipáticos. No es que él sea amigo de muchos, pero es el enemigo de los enemigos de muchos. Un enemigo triunfante. En Susana Díaz todo fue desagradable. Fue molesta la demora en presentarse oficialmente candidata, como si no llevara maniobrando para la Secretaría General desde la noche de los tiempos. Fue tosca la manera de defenestrar a Sánchez y burda la impostura con que manejaba los hilos de la Gestora. La falsa humildad pésimamente interpretada con que por fin se presentó, la parcialidad bochornosa de todo el aparato del PSOE y de viejas glorias, que acabaron siendo más viejas que glorias, todo aquel oropel, dio grima y alimentó ternura hacia Sánchez. Ya en campaña, Susana Díaz sorprendió por una inesperada carencia de mensaje, ideas o programa y por una prepotencia que incrementó la antipatía general hacia ella. Pocas veces se alegraron tantos, concernidos o no por las interioridades del PSOE, como cuando Pedro Sánchez venció en aquellas primarias. Fue también antipático el diario El País, siempre influyente y siempre parte de lo que se cuece en el PSOE. Ni siquiera se molestaron en tergiversar. Directamente insultaban a Sánchez. Queda para el recuerdo aquel editorial en que se le llamaba insensato sin escrúpulos y persona no cabal. Y queda para el recuerdo aquel editorial que comparaba su victoria en las primarias con el Brexit, el triunfo de Trump o el ascenso de Le Pen. Y en medio de aquella jauja deambulaba Felipe González, también antipático y con el plumero al aire, menospreciándolo con aquello de que lo que sabía de España se decía en media hora; o con aquella ridícula performance diciéndose frustrado y engañado ¡porque Pedro Sánchez le negaba el apoyo a Rajoy! Y luego, claro, a quien desbancó del Gobierno contra todo pronóstico era al PP, al traje que nos hacía escoceduras. Encima la moción de censura desenmascaró a Rivera como lo que es, un liante, no una persona de diálogo, sino un cizañero menos inteligente de lo que algunos creían.

En el ánimo de mucha gente, cada batalla convirtió a Sánchez en el enemigo de mi enemigo. La batalla en que por fin los derrota a todos no puede menos de ponernos una sonrisa. Se inicia entonces un tiempo flotante, un presente plácido sin futuro claro y aliviado de un pasado encrespado. Los rugidos con los que el PP anunciaba filibusterismo en el Senado y una gobernabilidad imposible se ahogaron enseguida por la dimisión de Rajoy y la aparición extemporánea de Aznar, tan mediocre como siempre pero más engreído, más ridículo y más inoportuno. Finalmente Sánchez se apunta un tanto con el Gobierno que presenta. Pedro Sánchez es lo que Rivera pretende que creamos que es él. En realidad, en economía, relaciones laborales, función pública y servicios públicos, Rivera es un extremista que presentaría sus hachazos como modernización e incentivos de superación. Pero él finge ser Pedro Sánchez. Cuando se le pase el mareo, dirá que él fue quien sacó a Sánchez de la podemización y recuperó para España al PSOE a la vez que libró al país de la corrupción.

Sánchez forma parte de las tendencias neoliberales que socavan el bienestar y las clases medias mientras bajan el aporte de las clases altas. Es abierto en cuestiones de libertades, igualdad de género, derechos de minorías o laicidad del Estado. Las circunstancias lo llevaron a la Presidencia con muy poca complicidad con la historia reciente de su partido y con mucho de lo que se fraguó en las movilizaciones de la calle y los movimientos alternativos. Por eso, es imaginable un impulso de regeneración y lucha contra la corrupción. Su límite es la combatividad con los poderosos. En materia fiscal o de laicidad no cabe esperar un pulso firme con la banca o la Iglesia, aunque sí es posible algún roce con los primeros y que hurgue en los privilegios de los segundos y se lleven algún berrinche. El equipo de Gobierno es una gran obra de comunicación. El Gobierno de España lleva dos días en la portada de los informativos y prensa internacionales. Y esto no es despectivo. La cantidad de mujeres es ya un avance en sí mismo antes de que empiecen a hacer nada; la cantidad y los estereotipos que rompen. No es habitual que el aparato de seguridad del Estado, el de Defensa y el de Economía estén en manos femeninas. Los ministros y ministras están elegidos para complicar el discurso de la derecha. Sánchez parece asumir que la frontera por la izquierda está tranquila. La primera vez que llegó a la Secretaría del partido la ocupó sin claridad y sin rumbo. Pero fue el primero en entender que la erosión electoral del PSOE por Podemos se combatía desplazando el frente dialéctico al otro lado, hacia y contra el PP, en vez de hacer de falange del PP contra Podemos. Rajoy no esperaba ese giro y fue cuando se enfadó y le dijo aquello de que no volviera al Parlamento y que había sido patético, allá por 2015. Algo así parece retomar con la gente elegida.

Podemos se movió con gran eficacia y buen criterio. Reaccionó con rapidez al impacto de la sentencia de la Gürtel y, a diferencia de lo que hizo otras veces, hizo ver que su compañía no sería un dolor de muelas diario. Marcó con firmeza las líneas y le puso fácil el camino a Sánchez. Tuvo mucho que ver con esa sensación de obligación moral que inundó el Parlamento y también con que el PNV percibiera que de todas formas Rajoy caería, aunque fallara esta moción. La moción de reserva que pactó con C’s fue un golpe político eficaz. Ahora le toca gestionar lo que sigue. Para la izquierda el balance es bueno. Nos dirigíamos a una mayoría absoluta con la suma de PP y C’s, posiblemente encabezada por Rivera. Las políticas previsibles serían radicales y duras. C’s no las expresaría con el alcanfor y tufo añejo del PP, sino con esta jerga propagandística que quiere pasar por tecnócrata, moderna y como de máster, como si la desigualdad fuera efecto de la exigencia de los tiempos y los méritos de cada uno. El que se haya podido cortar el camino a situación tan adversa es lo que hace que el balance sea bueno para la izquierda. Ahora Podemos debe saber cuándo callar (por ejemplo, ahora; la escena es por unas semanas para Pedro Sánchez), cuándo hablar bajo y cuándo chillar, cómo enfrentarse a Pedro Sánchez y cómo apoyarlo.

El PP bufa, C’s masculla entre dientes, Javier Fernández, Susana Díaz, Felipe González y Cebrián están calladitos y Soledad Gallego-Díaz se va a hacer cargo de El País. Es hora de que el PSOE y Podemos, cada uno por su lado, agitados y no mezclados, averigüen qué hicieron bien últimamente, dónde acertaron. No es propio de ellos.

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