Feijoo medita en la soledad del poder

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Aunque han pasado tres décadas desde que me echaron de la política activa, y a pesar de haber despreciado las tres o cuatro oportunidades que tuve para volver a tan ingrata tarea, nunca dejé de respetar la inteligencia, la honradez y la entrega de la gran mayoría de políticos que conocía antes y conozco ahora, ni de sentirme solidario con los que, obligados a tomar graves y difíciles decisiones, casi nunca cuentan con la comprensión y el agradecimiento que merecen. Por eso, porque he aprendido a sufrir como uno de ellos, puedo entender y bendecir muchas acciones y actitudes que los ciudadanos consideran fáciles, interesadas o directamente aberrantes.

Entre esas cosas que admiro está la actitud de Núñez Feijoo, a quien todo el mundo ve sopesando las ventajas e inconvenientes de ir a Madrid o quedarse en Monte Pío, mientras yo le veo librando una dura y generosa batalla entre su interés personal -que le exige terminar su mandato y retirarse a una cómoda vida privada-, o ponerse otra vez al servicio de España, asumir la dura e incierta tarea de revitalizar el PP, y cargar con otros quince o veinte años de exposición al manoseo de la opinión pública que le devolverán a Galicia viejo, cansado de alfombras y oropeles, y soportando en sus carnes el fin de otro ciclo de sacrificios que nadie le va a agradecer.

Claro que, explicadas así las cosas, la respuesta más fácil y agradable -terminar esta legislatura, retirarse a una vivienda bucólica, y escribir memorias llenas de moralina y autocomplacencia- parece obvia. Pero Feijoo sabe que, tras haber alcanzado un altísimo nivel de liderazgo, su vida no le pertenece del todo. Porque el capital humano que él acumula y España necesita no se puede dilapidar en un revés de fortuna. Y porque su personalidad política -en la que tanto invirtieron el PP y todos sus militantes- no puede ser administrado con mentalidad individualista y con criterios particulares o privados.

A Feijoo le conviene irse, sin asumir ningún riesgo. Pero a su partido, y a muchos simpatizantes de lo que hizo el PP, les interesa que siga en la política activa, que corra todos los riesgos públicos y privados que le esperan en Madrid, y que no le tema a ese momento inexorable en el que, tras haber servido a la patria sin reservas ni redes de seguridad, te acaban despidiendo con la misma aceda incomprensión con la que acabamos de liquidar la colosal obra económica de Rajoy. Por eso digo que Feijoo tiene sobre su mesa una dificilísima disyuntiva que solo podrá resolver desde la esencial soledad que siempre genera el poder, y que le obliga a elegir entre la apetitosa llamada de su interés, y la dureza de un sacrificio que todos vamos a calificar de ansia de poder y ambición desmedida. Mi respeto ya lo tiene, porque creo que va a optar en contra de su conveniencia. Y lo hará así por responsabilidad, por altura de miras, y porque no es fácil negarle al país lo que tanto necesita.

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