La utopía constitucional de Batet

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La antigua y amortizada costumbre de darle a los nuevos gobiernos cien días de carencia crítica, para que pudiesen hacerse cargo de la situación y plantar los mojones de su viaje, tenía como condición indeclinable que las ministras y ministros no hablasen por hablar, ni provocasen a la parroquia formulando utopías y ocurrencias que, sin aportar nada a la gobernación del país, desconcertasen al respetable. Pero Meritxell Batet no quiso utilizar sus cien días de gracia para estudiar y reflexionar, y por eso es imposible que pasemos por alto su temeraria intervención en la jornada sobre Reforma constitucional, federal y con derechos que tuvo lugar el sábado en Barcelona. 

Lo primero que dijo Batet es que «para superar la crisis institucional, y en especial la territorial, es necesaria una reforma de la Constitución urgente, viable y deseable». Y lo primero que no aclaró fue de qué reforma hablaba, ya que no sabemos si estaba pensando en la de Puigdemont, Junqueras y Urkullu; la de Rajoy y Rivera; la de Iglesias y Colau; o la de Pedro y Sánchez. Tampoco nos dijo si la viabilidad a la que se refiere tiene un ADN bipartidista (PP & PSOE), o socialista (84 diputados), o conservadora (que le daría a Rivera una vela en el entierro), o es una reforma más Frankenstein que la propia censura, porque 180 diputados no hacen viable una Constitución. De cómo ganar el preceptivo referendo nacional ni siquiera habló, y, si todo eso no se aclara, estamos en el puro postureo.

Decir que vamos a una «reforma federal» es tan irrelevante como afirmar que somos buenos o que hay que dialogar. Lo que se discute es si vamos a fragmentar la soberanía y admitir el derecho de autodeterminación, o no. Porque ese es el único debate que tenemos en España. Y no parece que ni los independentistas ni los partidarios de la unidad e indivisibilidad del Estado tengamos proyectos para ceder un solo milímetro en nuestras posiciones. Por eso extraña e intriga tanto que el Gobierno más débil de la democracia, con media legislatura de vida, sea el primero que se atreve a introducir en su agenda una reforma constitucional no pactada.

La señora Batet debería saber, además, que no es evidente que estemos ante una crisis institucional y territorial. Porque una cosa es pasar una mala racha -que, como le gustaba decir a Sánchez», se resuelve haciendo política»-, y otra, muy distinta, que se hayan roto los consensos mayoritarios del Estado, o que ya tengamos -porque «that is the question»- consensos alternativos. La crisis la tendríamos si, antes de haber consensuado una sola tilde, llevásemos la saludable Constitución que nos une a la mesa de operaciones. Y por eso concluyo que Batet tenía preparado este discurso cuando aún estaba en la oposición, donde las utopías y las ocurrencias suenan a teoremas cartesianos, pero que en modo alguno se deben barajar frívolamente por quien ya está sentada en el Consejo de Ministras y Ministros.

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