Pactar, pactar y volver a pactar

Ayuntamiento de Oviedo
Ayuntamiento de Oviedo

Hace tres años ya de aquella tarde en la que el gabinismo saltó por los aires, como una bomba de racimo. Cuando Fernando Villacampa, el primer edil de Somos en votar, pronunció el nombre de Wenceslao López, entre el runrún y la sorpresa de un salón de plenos abarrotado, arrancó un mandato que ha sido un laboratorio político: el pactódromo. La ciudad, acostumbrada durante casi 25 años a la mano granítica del gabinismo, a la galerna que se llevaba las voces discordantes por delante, como un aguacero en el Paseo de los Álamos, observó con cierta sorpresa cómo tres partidos se ponían de acuerdo para derrocar al régimen del PP. En la ciudad donde nada se pactaba nacía la cultura del pacto. Enterrado el monopartidismo e ignorando el bipartidismo, Oviedo se estrenó en el signo político de estos tiempos que algunos no han entendido aún: la necesidad de llegar a acuerdos con otras formaciones. Y no solo una; dos o tres si es preciso. Así fue: la tercera fuerza asumió la alcaldía, la segunda afrontó concejalías de peso y la cuarta un papel mediador, de engarce. Tres años después de aquel sábado cabe recordar la expectación en la plaza del ayuntamiento, el eco de los acuerdos en Madrid y Barcelona; los seis concejales de Somos reunidos en un café con un documento político sobre la mesa, debatido durante días con el PSOE e IU. Faltaba dar el paso y se dio.

No hay gobierno sin luces y sombras, y el de Oviedo no es una excepción. La falta de cultura del pacto, ese hábito tan beneficioso, se refleja de vez en cuando en discusiones banales, en desconexiones políticas, en faltas de sintonía. Tres partidos, tres culturas, tres tácticas, caracteres a veces volcánicos. Música atonal, dodecafónica en una ciudad donde imperó la ópera wagneriana (o gabiniana). Ruido. Pero aunque el propio equipo de Gobierno a veces no lo perciba, tiene más en común de lo que ellos mismos creen. Una idea de ciudad muy similar, de inversión social, con el procomún como objetivo. Un obstáculo constante: los pufos acumulativos de la gestión de Gabino de Lorenzo, una deuda cercana a los 70 millones de euros. Calatrava, Villa Magdalena, Carlos Tartiere, Losa… El pavor ante una gestión megalómana, disparatada, que ha convertido Oviedo en un pozo sin fondo de deudas y batacazos judiciales. Una hipoteca sobre los presupuestos de casi siete años que pende sobre la cabeza del tripartito y que ha arruinado planes y obras: hay un Oviedo virtual que queda por hacer o reformar. Pero de quejas no se vive; el ciudadano no quiere excusas, sino acciones.

En el horizonte, proyectos del calado del Bulevar de Santuyano, un plan reformador para los terrenos de la fábrica de La Vega, el caramelo urbanístico en los terrenos del viejo HUCA, en El Cristo. Planes que pueden transformar la ciudad de este siglo XXI y en los que no cabe el error: sobre ellos se debe cimentar este nuevo Oviedo. Una ciudad que, como ya se contó en LA VOZ, vive tiempos de efervescencia cultural y asociativa a niveles no vistos desde hace años. Oviedo asiste a una eclosión generacional: ellas y ellos están bien formadas, implicadas, abiertas a nuevas miradas, a nuevos aires. Eso es también un cimiento sobre el que edificar el futuro de una capital de una pequeña región del sur de Europa de raíz milenaria. 

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