Màxim, cursi hasta para dimitir


Ya contamos que el único borrón del sólido Gobierno de emergencia montado por Pedro Sánchez en un fin de semana fue la designación de Màxim Huerta como ministro de Cultura y Deporte. Una frivolidad innecesaria. Porque Huerta, a quien algunos reivindican ahora como presentador de informativos antes de su salto al abismo de la crónica rosa, e incluso como escritor -se ve que no han leído ni un solo párrafo de sus infumables novelas-, simplemente no estaba a la altura de un Ejecutivo en el que nada menos que Nadia Calviño coordinará el área económica de todos los ministerios.

Íbamos bien, sorprendentemente bien, hasta que apareció Màxim Huerta, cuya mayor experiencia profesional (al menos en lo que se refiere a duración) son los diez años que se pasó sentado al lado de Ana Rosa Quintana en el plató de Telecinco. «Un medio que todos ven, pero todos demonizan», ha dicho el exministro en su agria despedida, en la que invocó la transparencia una y otra vez, pero no admitió preguntas de la prensa. Curioso gesto viniendo de un periodista.

Íbamos bien hasta que El Confidencial ha destapado que nuestro afamado premio Primavera defraudó 218.322 euros a Hacienda. Y lo más grave no es la pasta evadida, sino el nombre con el que bautizó a la sociedad a través de la cual se la quiso colar al Fisco: Almaximo Profesionales de la Imagen (sic). Este hombre se ve que es cursi hasta para defraudar. Hasta para dimitir. «Me voy para no partirme yo». «Para defender aquello que más amas, a veces hay que retirarse, y yo amo la cultura más que nada», ha soltado en una comparecencia con aires más mitineros que de acto de contricción.

Màxim Huerta solo nos ha durado seis días. Únicamente nos ha aguantado un par de columnas y otra bola extra para despedirlo. Es el ministro más breve de nuestra reciente democracia. Y mira que España da juego para dimitir. Durante esa semana escasa, el narrador ha tomado una única decisión acertada: renunciar al cargo. Porque lo peor del nombramiento de Màxim como máximo responsable de Cultura y Deporte -dos de las cosas más importantes de la vida, porque la hacen algo llevadera- no fue que Pedro Sánchez le ofreciese el ministerio, sino que Huerta lo aceptase. Pero España es el país donde nadie reconoce sus limitaciones y todo el mundo asume puestos muy por encima de sus posibilidades.

Lo grave del caso Huerta no son los 218.322 euros defraudados a Hacienda, sino las ñoñerías y cursiladas que inundan sus novelas y que, junto a su icónica imagen en el sofá de Ana Rosa, lo llevaron en volandas a un mandato tan efímero como inocuo.

Al final, Huerta ha tenido que dimitir por unos 200.000 eurillos de nada. Porque él, ha sentenciado, es inocente: «Pero la inocencia ya no vale de nada ante la jauría». ¿Jauría? ¿Es este el mismo Màxim que despellejaba a los famosos en el tresillo de Ana Rosa?

Es una lástima que Fernando Hierro ya haya ocupado el banquillo de España, porque podríamos haber nombrado a Màxim seleccionador de la Roja. Seguro que hubiese aceptado el cargo con la misma inconsciencia y alegría con que asumió el Ministerio de Cultura y Deporte. Y seguramente no lo haría peor que ese entrenador bígamo llamado Julen Lopetegui, otra cabeza que acabamos de ver rodando desde el cadalso. A ver si de verdad este país está cambiando y empieza a ser una de esas naciones civilizadas donde se pasa por la guillotina a quien mete la mano o el zueco donde no debe. De momento, hemos asistido al inesperado espectáculo de ver cómo en un solo día cortaban el cuello de un ministro y un seleccionador nacional. Qué caos tan hermoso.

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