El conflicto catalán


¿Se sigue cimentando en Cataluña un lío duradero? La pregunta se la hacen ya muchos españoles que ven cada día cómo el enredo sigue, con nuevos enredadores que no parecen tener el menor ánimo de enmendar los extravíos y desandar los malos pasos. Basta con escuchar al nuevo presidente de la Generalitat, Quim Torra (designado por el fugitivo Carles Puigdemont y presentado formalmente como candidato por el presidente del Parlament, Roger Torrent) para darse cuenta de que está sonando un disco rayado.

Porque Torra, que se define como «independiente emocional» y que presume de haber luchado siempre por la libertad de su país, se apresuró en su día a formar un Gobierno de catorce miembros, con cuatro de ellos encausados judicialmente (dos en prisión preventiva y otros dos en el extranjero y con orden de detención en España). Según él, la batalla actual es entre unionismo e independentismo. Y su discurso hasta ahora no parece mostrar ninguna disposición a un diálogo dentro de la Constitución.

¿Estamos a punto de asistir a choques civiles serios? No se descartan, porque en Cataluña la confrontación entre separatistas y no separatistas podría ir cargándose de violencia, como ya vaticinaron algunos observadores. Personalmente, creo que hay que apearse del burro y admitir que corremos riesgos, porque haberlos haylos. Y no cabe menospreciarlos, porque esto empeoraría la situación y debilitaría las posibilidades de encontrar soluciones pacíficas. Las noticias de incidentes aislados, de peleas por ocupar espacios públicos o por imponer símbolos, podrían deteriorar más la convivencia. Y la solución no puede estar en el consentimiento de esta progresión de males.

La convivencia no debe entrar en quiebra en ningún caso y, para conseguirlo, hay que prevenir y evitar los choques y desarmar (también ideológicamente) a los provocadores y radicales violentos. Es esencial que el clima no se enrarezca de un modo irremediable o difícilmente reversible. La obligación del Gobierno de Sánchez es permanecer atento y activo, y buscar la conciliación desde el rigor político y legal. Porque, como bien dijo Ortega y Gasset «sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entenderse». Y este podría ser el buen camino.

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