Màxim I, el fugaz


Con lo difícil que le resultó a Pedro Sánchez hacerse con un ministro de Cultura y Deporte y apenas le dura una semana. El periodista-escritor-presentador-defraudador Màxim Huerta le organizó a Sánchez la primera crisis de Gobierno que, eso sí, supo resolver con rapidez y decisión. Siguiendo el modelo Luis Rubiales, quien solo horas antes se deshizo de Lopetegui por defraudar su confianza, el presidente, que lleva años recorriendo los platós televisivos haciendo bandera de la lucha contra la corrupción, hizo lo propio con su ministro por algo similar; por defraudar. Pero en esta ocasión por defraudar a la Hacienda de los españoles.

Un defraudador con dos condenas firmes no podía seguir siendo un servidor público sentado en el Consejo de Ministros que gestionase sin sospecha nuestra cultura y deporte. El ministro más mediático y también el más polémico, se va. Y lo hace llevando bajo el brazo el mismo argumentario que ya utilizaron quienes le precedieron en el delito y a los que pusimos de vuelta y media antes de ponerlos en la calle. Las mismas disculpas que utilizaron quienes ayer exigían su dimisión después de defender sin rubor, durante años, a defraudadores, estafadores y ladrones. Así está la política en nuestro país.

Porque el ministro fugaz tampoco estuvo afortunado en su despedida. Ni es inocente, porque acarrea un par de condenas. Ni lo que hizo lo hacemos todos a no ser que seamos Rato, Bárcenas, Mario Conde, Pujol, Aznar, Monedero, Urdangarin, Messi o Ronaldo. Ni tampoco es víctima de los que quieren bombardear el proyecto de regeneración de Sánchez. Es víctima de sí mismo. Y se va porque usó gastos de la casa de la playa para eludir impuestos, intentó colar 310.000 euros de gastos injustificados y utilizó una empresa para defraudar 218.322 euros en tres años. Se va porque fue condenado por el TSJM, que señaló en una de sus sentencias que su buena fe «queda destruida por la nueva prueba de que ha actuado cuando menos, negligentemente».

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