La propaganda incompleta del Aquarius


Detrás del Aquarius con sus 630 desesperados está una verdadera maraña política. Es la maraña de la frontera que separa el contraste de riqueza más marcado del planeta. No entraremos en el nudo de esa maraña, pero podemos reparar en tres aspectos de este incidente. Un aspecto es humanitario y los otros dos de propaganda y trascienden el caso concreto de la inmigración. La cuestión humanitaria consiste en decidir si hay que dejar entrar en Europa a gente que no tiene derecho legal a ello porque están ante una muerte cierta o si, por el contrario, hay que matarlos (o dejarlos morir). La primera posibilidad tiene el riesgo de incitar a otros a que se animen y que el goteo de desesperados se convierta en un torrente inmanejable (dicen). La segunda posibilidad tiene dos riesgos. Por un lado, nos arriesgamos a tener mala conciencia y dormir poco por las noches. Y por otro lado y aún peor, nos arriesgamos a ni siquiera tener problemas de conciencia ni de sueño.

Ya oímos en los años de Rajoy la letanía del efecto llamada. El ministro Jorge Fernández, que hablaba con Dios muchas veces cada día, pero no para aquello de pedirle que el dolor no le sea indiferente, se destacó en foros internacionales para que se retiraran los barcos que andaban salvando vidas en el Mediterráneo. Salvar vidas crea efecto llamada, decía. Esa gente que viene de guerras y horrores sólo hace en horizontal lo que aquellos desdichados que saltaban de las Torres Gemelas hacían en vertical. No importaba si abajo les esperaba una acera de cemento o un colchón gigantesco. Mientras aquello ardiera seguirían saltando. Y mientras haya horrores en el sur seguirán saltando en horizontal, pero no por el efecto llamada de lo que tengan delante, sino por el espanto que tienen detrás. La civilización y la humanidad básica exigen, sin análisis y sin cálculo de las consecuencias, que se reaccione ante estos saltos al vacío en horizontal como se reaccionaría con los saltos en vertical. Si tuviéramos a mano colchones gigantes, quién no los pondría debajo de las Torres Gemelas al ver a la gente que se precipitaba al vacío, sin preguntas sobre si eran inmigrantes o si habrían pagado el ticket de aparcamiento. Por compleja que sea la maraña y aunque no sepamos qué hay que hacer, una certeza debe grabarse a fuego en el ánimo y la conducta: no hay que matar a esa gente (o mirar cómo se mueren, que es lo mismo).

Pero hay más aspectos que el humanitario. Salvini exhibió la impiedad fascista con orgullo y sin colorantes. Gritó victoria cuando vio alejarse aquel cargamento humano de Italia. Tensó la fibra más oscura de su país y llenó de energía a energúmenos parecidos de Francia, Alemania o Austria. El que crea que España dio una lección y los dejó en mal lugar debería dejar de masajearse. Angela Merkel, que siempre mantuvo una conducta más leal y civilizada que la media de sus colegas europeos, está debilitada ante su ministro del interior y ante las voces xenófobas de su país. El gesto español no reforzó las posturas civilizadas del continente. Y no porque hiciera mal, sino porque no lo hizo todo. Falta la propaganda. Puede que esas 630 personas salven la vida y eso es muy bueno, pero el fascismo en Europa consiguió voz y presencia, dio un paso para ser parte aceptable del decorado ordinario del continente. No se puede fingir que el problema no existe. Estar en cargo de responsabilidad y no ser fascista empieza a obligar a ser antifascista. No voy a improvisar cómo debe o debió ser la propaganda en este caso. Pero sí hay algunas cosas claras. La postura humanitaria se expresa con debilidad, como un rezo. Mientras Salvini bravuconea dándose puñetazos en el pecho, los civilizados apenas gimotean frases manidas de bondad y compasión. Y casi lo hacen pidiendo perdón. De hecho, nuestro Gobierno, cuya actitud fue honrosa sin duda, no dejó de decir que esto no significaba que España estuviera abierta de par en par para el futuro, como si tuviera que contrarrestar su actuación con un amago de firmeza. Durante mucho tiempo, las circunspectas campañas oficiales que explicaban a los conductores los males de la velocidad como curas dando un sermón naufragaban ante los anuncios de automóviles que vendían la potencia del coche con acelerones, derrapajes y chillidos de neumáticos. No se pueden contrarrestar las bravuconadas de simio de Salvini y el regocijo de su manada de fantoches con lo que por contraste acaba pareciendo un buenismo santurrón. Hay que salvar a quienes se mueren sin vacilación y sin consultas. Y hay que atacar a Salvini, hay que ridiculizar lo que es de por sí ridículo, señalar su pequeñez, escarnecer su cobardía, humillar el susto con el que se sube a una banqueta dando gritos porque oyó a unos desamparados intentando llegar a la orilla. La energía, la firmeza y el dedo acusador no deben estar sólo en el lado xenófobo. También es cosa de civilización gritar, afirmarse y señalar con contundencia.

El tercer aspecto es también de propaganda. La mayoría de la gente aprueba la medida del Gobierno, pero asume la idea tóxica de que hay un riesgo en esa medida que obliga a emplearla a cuentagotas. En el caso anterior, hablábamos de un problema de propaganda que deberían asumir los demócratas contra el espantajo fascista. Ahora hablamos de un problema de propaganda que afecta singularmente a las políticas de izquierdas. No es fácil quitar derechos y protección social sin contar con la aceptación o al menos la resignación de la gente. La emoción más eficaz para la renuncia es el miedo. Sólo aceptarás que te quiten una cuarta parte del salario si te hacen temer por las otras tres cuartas partes. Por eso todas las alarmas van siempre en la misma dirección. No hubo golpe mayor a las finanzas públicas que el rescate bancario. Ni tiene mayor amenaza nuestra economía que su deuda monumental, en buena parte también de origen financiero. Los organismos reguladores y de supervisión fallaron y no consta que el sistema esté protegido para nuevos desmanes. Pero oímos que la sanidad no es sostenible, que las jubilaciones serán impagables, que no podemos con la afluencia de extranjeros, que la Seguridad Social no puede con tanto medicamento. Todo son horrores que hace tolerable el programa máximo de la derecha: menos pensiones públicas, recortes sociales, privatización de servicios. Nadie en su sano juicio puede negar la complejidad del problema de la inmigración. Ya dije que había una maraña complicada detrás del «Aquarius». Pero conducirse con certezas elementales, como la de no matar a los moribundos o dejarlos morir sin piedad, tiene un coste ridículo. La única forma de que gente normal acepte o incluso exija que se mueran sin echarles un salvavidas es, como siempre, el miedo, la persistente propaganda de que el coste ridículo de actuar sobre lo trágico se convierta en una losa después, como si no hubiera más actuación posible para que esa losa no nos caiga que la muerte inmisericorde de toda esa gente a nuestras puertas. Por supuesto, los sembradores de oscuridad tiene su argumento: que los metamos en nuestra casa si tanto nos gustan. Es la bazofia cínica de siempre, pretender que un testimonio individual desmedido sea el soporte argumentativo de las posturas socialmente sensibles. Muchas veces los domingos por la mañana temprano veo en repisas y aceras vasos con restos de bebidas y botellas rodando. Y hasta algún vómito. Yo no quiero ver eso por las calles, pero no voy a ponerme a limpiarlo. O si lo hago es irrelevante. Lo civilizado es que haya un servicio formal de limpieza que lo limpie. Puedo meter en mi casa inmigrantes o no, no importa. Lo civilizado es que no lo tenga que hacer yo. Lo civilizado es que el organismo social digiera esta circunstancia de manera formal.

La protección social no puede quedar caricaturizada como un buenismo de débiles sin pulso. Y no podemos dejar que un miedo interesado y cuidadosamente cultivado nos lleve a una renuncia permanente. Faltó propaganda. Tan cierto es que la propaganda es una expresión de racionalidad limitada como que no hay causa que no requiera propaganda.

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