Adiós a la vida política

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Salir limpiamente de la política, sin desgarros ni hipotecas, y renunciando a tutelar un futuro que ya es de otros, es una ciencia y un arte. Su mayor dificultad consiste en que solo una finísima línea separa el momento en el que estás enfrascado en una lucha total, con ese otro momento en que pasas a ser un ciudadano cualquiera, sin más bagaje que unos recuerdos -casi siempre positivos- que se van diluyendo en la distancia.

La historia demuestra que uno de los elementos más importantes para que la figura del político se restaure y se agrande es el haber salido del poder con elegancia y en un solo acto.

Y por eso me gusta este amigo que hace solo quince días peleaba en la primera línea, y que a día de hoy ya convocó el congreso de su partido sin dejar espacio a las guerrillas ni al caos, sin disfrutar de las tutelas e influencias que podían endulzarle la salida, y que ayer renunció al escaño para hacer patente que su poder ya ha pasado, que sus servicios están completos, y que conoce la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.

Cuando tuve la oportunidad de ejercer un pequeñísimo poder, y aún tenía ganas de hacer frases destinadas a trasladar dosis asimilables de saber y experiencia, acuñé un dicho que me ayudó a hacer un abandono radical de la política con solo treinta y nueve años de edad. «Cuando mandes manda mucho -decía-, y cuando no mandes, no mandes nada».

Y aún ahora me resulta curioso que en tan pocas y tan tautológicas palabras se recojan los dos grandes defectos que malogran las mejores oportunidades políticas: el de no ejercer todo el poder que se tiene, por miedo al desgaste, y el de tratar de conservar algunos jirones del poder que ya no se tiene, por miedo a la soledad.

Por eso admiro a los que salen del poder sin reservas y en un único acto. Mariano Rajoy, por si alguien no lo recuerda, fue el hombre que acumuló más poder institucional, personal, territorial y partidario de la democracia española. El alcance de sus poderes, entre 2011 y 2016, no es comparable al de ningún otro.

Y no deja de ser su principal tinte de gloria que, puesto en el trance de gobernar una crisis que puso al país al borde del colapso, gastase todo ese poder -porque mandar es gastarse- en salir de ese hoyo y dejar, cuando lo derribaron con una moción de censura, «un país mucho mejor del que se había encontrado». Y ese hombre, que ya no puede compensar ninguna de las alabanzas que le hagamos, se fue de todo en quince días. Y no para montar un despacho de influencias, o hacer su vida entre puertas giratorias, sino para pedir el reingreso en su profesión, y regentar el registro de la propiedad que ganó por oposición con veinticuatro años.

El otro que hizo algo parecido fue Adolfo Suárez, del que también dijimos cosas horribles, y que hoy se exhibe en el reino de la fama como el mejor y más honrado político de nuestra democracia.

Gracias por sus ejemplos.

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