¿Quién controla a los padres?


Cada vez que la OMS estornuda, en el mundo nos resfriamos. Ocurrió con la gripe A, aquella epidemia de alarma infundada, y en otras ocasiones como aquella que alertaba de una inminente hambruna global y había que ponerse a comer insectos, porque tienen tantas proteínas como la carne y su producción es barata (no hay más que ver la plaga de moscas que invade estos días los campos del Mundial de Rusia).

Ahora ha dictaminado que la adicción a los videojuegos es una enfermedad, como si el resto de las aficiones -machacarse en el gimnasio, comer chocolate compulsivamente o pisar el acelerador hasta hacer chirriar los neumáticos en las curvas- fueran sanas costumbres que se nos han ido un poquito de las manos. En realidad, pasarse de la raya en cualquier orden de la vida podría considerarse una adicción.

Los expertos recomiendan a los padres vigilar a sus hijos y no dejarlos que jueguen sin control. Esto suena al dicho de «poner el zorro a cuidar las gallinas», porque somos precisamente los progenitores los que hemos alentado esa adicción comprándoles la Play, pagándole el FIFA año tras año (aunque no cambie nada más que el jugador que sale en la portada) o poniéndoles la tele en su habitación para que no nos molesten.

Pero además, ¿qué lecciones podemos dar cuando somos los primeros que no nos despegamos del móvil ni cuando nos sentamos en la mesa a comer, nos llevamos el trabajo fuera de la oficina y consultamos permanentemente el e-mail, y utilizamos las redes sociales tanto o más que esos millennials de los que criticamos su dependencia del smartphone?

Un reciente estudio revela que uno de cada cuatro españoles padece FOMO (por las siglas del inglés fear of missing out, miedo a perderse algo) y necesitan estar permanentemente en línea para compartir sus vacaciones en tiempo real o comprobar si esa última fotografía que han subido a la Red tiene nuevos ‘me gusta’ o comentarios. Y solo la tercera parte son jóvenes, el resto son mayores de 25 años e incluso un 10 % superan los 55. También podríamos hablar del tiempo que pasamos viendo series de Netflix, que no son una hora, ni dos, al día... Así que, ¿quién no está enganchado a Internet? Y sobre todo, ¿quién controla a los padres?

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