La casa de los líos


Mariano Rajoy dijo aquello de «no tengo sucesores ni delfines» y salió escopetado hacia Santa Pola. Sin esperar tan siquiera a que le hicieran una cena de despedida. Cuando algunos de sus más fieles guardaban aún cola para decirle lo bien que lo había hecho y lo mucho que lo iban a echar de menos, el expresidente ya estaba incorporado a su trabajo como registrador. Rajoy salió escopetado porque sabía el lío que dejaba en Génova 13. Al fin y al cabo es producto de sus años de gestión, desganas, autocomplacencias y esa máxima suya de que «no tomar ninguna decisión ya es tomar una decisión». Y precisamente la falta de decisiones es lo que le ha llevado a él a Santa Pola y al partido al avispero. 

Por mucho que Santamaría y Cospedal se empeñen en decir que «la sangre no llegará al río», el lío es morrocotudo hasta el extremo de que Casado habla ya de fuego amigo. Siete aspirantes a suceder a Rajoy, lo que denota la división y el enfrentamiento que se vive. Pero es que además, autodescartado Núñez Feijoo, que se presentaba como el único que podía aunar las diferentes apetencias, lo que ahora se ofrece es más de lo mismo.

Porque Cospedal y Santamaría, además del enfrentamiento barriobajero que mantienen y de los negocios sospechosos de sus parejas, son el pasado reciente. Recortes, corrupción, Gobierno, poder, partido, ocultación y errores. Sobre Casado, que también fue aparato, pende la duda de sus estudios exprés. Y Margallo habla de hacerlo todo de nuevo. Pero todos, los cuatro y los otros tres que resultan desconocidos, son parte importantísima de la etapa de Rajoy en el PP y en el Gobierno. Es imposible creer que los mismos que participaron en el agotamiento de un proyecto puedan liderar un tiempo nuevo y una idea inédita.

Rajoy conoce a su partido mejor que nadie, adivinó la que se venía encima y huyó. Porque aunque trataron de convencernos de que en el PP todo es amor y armonía sabe que es un partido como cualquier otro; con las mismas intrigas y venganzas. La casa de los líos.

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