Salvini se sube a la carroza del Día del Orgullo Nazi


Alcanzamos un punto en la historia de la humanidad en que de verdad llegamos a creernos que el fascismo, el nazismo, el estalinismo y otras formas de totalitarismo se habían acabado para siempre. En Occidente sucedió tras la Segunda Guerra Mundial, con Hitler muerto y Mussolini colgado nos creímos que todo había terminado. Que la democracia regaría las tierras de Europa con la misma facilidad que la sangre derramada en las dos monstruosas contiendas del siglo XX. 

El estalinismo tardó algo más en desplomarse y la Unión Soviética boqueó durante años hasta que ya no pudo más y murió de inanición, como le sucederá al castrismo en Cuba, al chavismo en Venezuela y a lo que sea que gobierne la Corea del Norte de Kim (no Torra, otro xenófobo de manual, sino el de la gomina atómica).

En España la cosa fue mucho más lenta. La dictadura se prolongó hasta 1975 y aún hoy, cuarenta años después, no sabemos qué hacer con el cadáver del tirano. Pero el problema no es dónde enterrar a Franco o qué hacer con el Valle de los Caídos. Eso casi es ya anecdótico. Lo grave es la deriva de países como Hungría, Austria, Polonia o Italia, donde el fascismo ha salido del armario sin sonrojo, pidiendo a gritos que se dejen a la deriva barcos llenos de migrantes o que se catalogue a los gitanos en un censo -como en los tiempos de Hitler y Mussolini- para ver luego qué se hace con los calés.

El ministro del Interior y viceprimer ministro italiano, Matteo Salvini, producto de la racista y neonazi Liga Norte, es el más preclaro ejemplo de esta resurrección sin disimulo del fascismo en Europa. No se corta un pelo en calificar de mera «carne humana» a los refugiados o al decir que Italia ha dejado de ser «el felpudo de Europa» porque ha logrado «colocar» a España el Aquarius con sus 629 migrantes.

Mientras tanto, en la llamada Unión Europea no hay quien lo ponga en su sitio como merecería: con una sanción demoledora y una amenaza rotunda de expulsión del club. El inane Juncker ha convocado para el domingo una reunión «urgente» -lo de la urgencia parece un chiste de mal gusto- para tratar la crisis migratoria. A eso se llama tener reflejos.

El nazismo y el fascismo estaban esperando, agazapados, el momento oportuno para regresar. Y la crisis económica y los flujos migratorios les han dado la oportunidad de volver a hablar de «los de aquí» frente a «los otros». Y lo más grave es que hay quien no se atreve a llamar a las cosas por su nombre y habla de «populismo». Populista era Fraga con sus mil gaiteiros en el Obradoiro. Esto es otra cosa. Esto supone el retorno del más siniestro Homo Sapiens de los años treinta: los padrones de gitanos, los muertos que no importan a nadie y los niños enjaulados en Estados Unidos.

Einstein nos enseñó que el universo es finito, pero que, sin embargo, carece de límites. Exactamente como la estupidez humana, bromeaba. Solo que el fascismo, como demuestran Salvini, Orbán, Trump y otros neonazis, sí es infinito. Y no es que haya vuelto ahora. Es que nunca se había ido. Ya solo falta que Salvini, ataviado con la camisa negra y los correajes del Fascio, se suba a una carroza el Día del Orgullo Nazi que, si nadie lo remedia, pronto celebrará media Europa al ritmo de Über alle.

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