No lo digas


Redaccion

En apenas dos semanas hemos visto como a un lado del Atlántico se separaba a niños, algunos muy pequeños, algunos bebés, de sus padres detenidos por cruzar la frontera con EEUU. Hemos visto cómo eran enjaulados, los unos y los otros; y lo peor, hemos oído el llanto desconsolado de unos de los menores llamando a sus papás. Era muy difícil de escuchar sin que se te partiera el alma. A la vez, en una costa más cercana, en otra orilla del Mediterráneo, el trístemente ya famoso ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, que se regocijaba de no recoger a los refugiados del Aquarius, que llamaba «carne» a los que aún ahora intentaban llegar a tierra firme, se marcaba la chulería de decir que haría un censo de gitanos en la península mientras se lamentaba de no poder echar a los que eran italianos. Hacia el este, en Polonia y en Hungría se unían esfuerzos para sabotear una cumbre europea sobre inmigración; en el país de los magiares además se considerará delito ayudarles y todo mientras se veta la representación de un musical de «Billy Elliot» porque dicen que los niños que lo vean podrían volverse homosexuales.

No lo digas, no digas esa palabra, que no se puede mentar, dicen, que está desgastada de tanto usarla en vano durante décadas. No lo digas, no digas que ya están aquí, en el horizonte, los fascistas.  Los que primero se llevarán a esos que no son como tú, y luego a esos otros que tampoco se te parecen, hasta que vengan por ti. Los que por cada mano que se les dé tomarán un brazo entero y luego otro, porque nunca es demasiado tarde para frenarlos, porque se tendría que haber hecho ya, porque cada paso que den es un camino abierto a la impunidad.

Llevamos ya casi una década o más oyendo alertas sobre los peligros del populismo de izquierdas, como si nos fueran a plantar de la noche a la mañana un koljós soviético en la urbanización de al lado. Y lo cierto es que el único populismo que ha crecido sin freno, al que se ha alentado sin resquemores, es el de la ultraderecha. Se ha sido plácido con los primeros atisbos del racismo, se ha dejado sin respuesta a quienes en los primeros años de la crisis se lanzaron a acudir a argumentaciones sobre la idiosincrasia de los pueblos para explicar las recesiones económicas; ha habido columnas en la prensa salmón centroeuropea rayanas en la frenología. En Estados Unidos son grupos 'pro vida' y antiaborto los que están sustentando la política de Trump de enjaular y separar a niños de sus padres, las barbaridades más obscenas que se escuchan en España sobre meter a inmigrantes en tu casa o lanzarlos de vuelta al mar salen de boca de gente que presume de misa diaria. Callan los adalides autodenominados del liberalismo pese a que, en dos caras de la misma moneda de xenofobia e histeria nacionalista, en Gran Bretaña se haya dado paso a una separación de Europa y el presidente norteamericano se disponga a emprender una guerra comercial de escala continental. ¿Es hipocresía, les importa un bledo? A la izquierda le gusta fustigarse con sus descalabros, y la verdad es que no tienen pocos de los que hacerse cargo; pero a lo que estamos asistiendo es a un fracaso total del conservadurismo que se dice civilizado, su tabarra de los valores se está derrumbando en una orgía de cinismo y sin la menor autocrítica, con soberbia y paso firme hacia la barbarie. Pero no lo digas.

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