Por nuestra culpa

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Si las mujeres no hubiesen salido a la calle, los hombres de La Manada seguirían en prisión. La culpa de que el Prenda y sus secuaces estén en sus casas la tienen los miles de indignados y la alarma social creada por lo que sucedió en aquel portal de Pamplona y por el resto de las andanzas de la cuadrilla. O sea, que si el asalto se hubiese juzgado en silencio, si la víctima hubiese estado sola y sin compañía, si nadie se hubiese enterado de las estrategias cinegéticas de estos tipos, si la víctima hubiese estado tan aislada y sola como lo están la mayor parte de las mujeres que sufren abusos cada día, la prisión preventiva seguiría activa. Algo tan perverso se deduce del auto. El problema no es la revisión del encarcelamiento condicional, una figura que siempre hay que aplicar con tiento. El problema es por qué han salido de la cárcel hasta que la sentencia sea firme. Creen dos de los tres magistrados que no se fugarán porque son conocidos y que no volverán a cazar porque la alarma social los ha señalado. Un mensaje devastador para todas esas mujeres a quienes les decimos que tienen que denunciar, que tienen que señalar a su agresor, que tienen que crear redes de confianza para protegerse. La víctima de la Manada denunció. Y un detective la siguió para concluir que una violada no sonríe; recibe amenazas constantes, según alerta uno de los jueces, que cree que no está segura; se ha filtrado su identidad a los medios y la están penalizando por la indignación colectiva en torno a su caso. Hay un mensaje subliminal terrible en todo esto: chavalita, te has pasado de lista. Una madre feminista y culta de una adolescente me confesó estos días: si mañana violan a mi hija la convenceré para que no denuncie. Fin de la historia.

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