El fascismo del siglo XXI ya es una seria amenaza


Como historiador, me gusta utilizar los términos con precisión. Aunque pueda resultar cómodo en una conversación informal, siempre me desagradó el abuso del calificativo de fascista para desacreditar a cualquier conservador, por reaccionario que sea. Ese tipo de generalizaciones solo sirve para oscurecer el análisis de la realidad, presente o pasada, y para desvirtuar la utilidad de la palabra para definir una ideología o un movimiento político. Sucede lo mismo con el uso indiscriminado del adjetivo comunista por parte de la derecha. Puede, por lo tanto, parecer una contradicción que considere al fascismo como una amenaza en un mundo en el que, salvo en contados países, no existen movimientos políticos que defiendan abiertamente el Estado totalitario, con partido único, y se apoyen en milicias uniformadas y violentas, e incluso donde tienen cierta presencia, como Amanecer Dorado en Grecia, su fuerza electoral es limitada. Es cierto, quizá en el futuro puedan llegar a confluir con los que hoy suponen la verdadera amenaza para la democracia liberal, pero ellos carecen de apoyo social significativo y no tienen posibilidad de hacerse con el poder. El problema está en la nueva derecha antiliberal, nacionalista, xenófoba y con frecuencia fundamentalista religiosa, un rasgo que la aleja del fascismo clásico, que, aparentemente, no reniega de la democracia, pero sí de la libertad y de los valores de la Ilustración que sustentan las auténticas democracias. Hay razones para considerarla un nuevo tipo de fascismo adaptado al siglo XXI.

Esa derecha autoritaria, nacionalista y xenófoba, gobierna ya en varios países del este de Europa y ha logrado entrar en los ejecutivos de Austria e Italia. La desgraciada llegada de Trump a la presidencia de EEUU la ha fortalecido. Es probable que si los Putin, los Kaczy?ski, los Orbán, los Erdogan, los Salvini, lo Strache, los Le Pen o Alternativa por Alemania logran consolidarse en el poder, o hacerse con él, no lleguen a establecer un régimen de partido único, pero eso solo será la fachada de una moderna variante de dictadura. Todos comparten rasgos comunes con los fascismos y los movimientos autoritarios del periodo de entreguerras, o ibéricos de la posguerra: nacionalismo exacerbado, desprecio por las libertades y derechos individuales, rechazo a la libertad de prensa, xenofobia, cuando no racismo manifiesto, machismo, rechazo a un principio fundamental de la democracia liberal como es la separación de los poderes del Estado y, sobre todo, a la independencia de la justicia.

Orbán dice que quiere establecer un nuevo tipo de democracia. Su planteamiento no es tan nuevo, se trata de la versión fascista de la «voluntad general» de Rousseau. Una voluntad que se sustenta en las raíces históricas y culturales de la patria, en los valores nacionales, estrechamente ligados a la religión. Quien no los comparte es ajeno al pueblo, extraño, extranjero, no puede formar parte de esa «voluntad general» porque no pertenece a la comunidad. Hitler no necesitaba elecciones para interpretar y dirigir la voluntad del pueblo; Mussolini, Franco o Salazar las realizaban sin oposición; sus émulos del siglo XXI estigmatizan la disidencia, la privan de medios de expresión, la condenan en los tribunales por falsos delitos comunes y establecen sistemas electorales que, a imitación de la famosa ley Acerbo, el Duce es el maestro, multiplican los diputados de la mayoría en el parlamento.

Hasta ahora el peligro parecía lejano, se circunscribía al este recién liberado del estalinismo, sin experiencia democrática, o a la asiática Turquía. Las alarmas se disparan cuando llega al gobierno en Austria y en Italia y parece acercarse en Alemania.

Que Matteo Salvini, ministro del interior de Italia, justo en el 80 aniversario de las leyes raciales de Mussolini, haya propuesto realizar un censo de gitanos y su gobierno no haya caído es motivo suficiente para considerar que la infección es grave y está llegando al corazón de Europa. Una de las cosas que establecían las medidas racistas de 1938 era precisamente un censo de judíos: los extranjeros serían inmediatamente expulsados, con los italianos no había más remedio que quedarse, más adelante muchos serían entregados a los nazis, pero se los sometía a una terrible discriminación en la sociedad. Salvini no se atrevió todavía a proponer esto último, pero, como denunció la comunidad judía italiana, copia a Mussolini en lo primero. El censo no podrá realizarse, pero el político que lo propone es indigno y lo peor es que siga ocupando el cargo. Sus declaraciones sobre los inmigrantes, «carne humana», y el cierre de los puertos italianos solo confirman su catadura moral, la amenaza de quitarle la escolta al escritor Roberto Saviano porque lo critica debería disipar cualquier duda.

Italia tiene razón al reclamar que el problema de la recepción de los inmigrantes no recaiga solo sobre los países fronterizos, el sur más afectado por la crisis, pero no puede hacerlo de esta manera y el racismo que ponen en evidencia la propuesta sobre los gitanos y el trato que la extrema derecha da a la población italiana de color es inaceptable.

Era previsible que la crisis favoreciese el crecimiento de la extrema derecha nacionalista como reacción a la austeridad impuesta por las políticas económicas neoliberales, pero alarma más que se fortalezca cuando sus efectos están desapareciendo y, sobre todo, que sea en países que no la sufrieron o que, al menos, no llegaron a ser intervenidos. En algunos casos el impulso vino de la insolidaridad, de la mezcla del miedo al contagio con la negativa a apoyar a los pobres derrochadores que sufrían a causa de su vagancia y despilfarro. En todos se mezcló con una campaña, sin fundamento por lo exagerada, sobre la amenaza de la inmigración. El terrorismo islámico contribuyó, sin duda, a incrementar el temor. En Italia especialmente, pero es algo bastante general, puso la guinda el justificado desprestigio de la élite política y de los partidos tradicionales, en todas partes se habían convertido en monstruos burocráticos, incapaces de generar ideas y menos de crear ilusiones. Eso cuando no estaban enfangados por la corrupción.

Ese puede ser el diagnóstico de las causas, pero ¿cuál es la solución? La inmigración no la tiene a corto plazo. No hay perspectivas de un final razonable para la crisis de los refugiados. Siria o Yemen se estabilizarán por medio de la barbarie, con el apoyo de la Rusia de Putin, en un caso, y de los EEUU de Trump, en el otro, aunque puede que a este último tampoco le disguste la victoria de El Asad más que en apariencia. El conflicto de Palestina continuará enquistado, el de Afganistán no tiene mejores perspectivas. Las tiranías tienden a aumentar en África y Asia. ¿Qué estímulo tendrán para regresar a sus hogares? La emigración por motivos económicos exigiría un plan Marshall para África y aun así no desaparecerían las causas con rapidez.

Europa debe comprometerse en la búsqueda de soluciones a largo plazo, pero en lo inmediato sería importante que intentase combinar una regulación de la inmigración económica, respetuosa con los derechos humanos y las propias necesidades del continente, con una razonable y equilibrada política de asilo y una activa pedagogía política.

En cualquier caso, se ha llegado a un punto en el que la ofensiva reaccionaria va mucho más lejos del problema de la inmigración. La única respuesta es la política y se ve muy dificultada por la crisis de la izquierda, que debería ser el principal baluarte de la democracia. No solo porque la derecha democrática, como sucedió en el periodo de entreguerras, esté muy presionada por el ascenso de la radical y, en consecuencia, sea proclive a acercarse a ella en sus propuestas e incluso a formar gobiernos de coalición, sino porque la propia izquierda ve cómo la extrema derecha atrae a buena parte de sus votantes tradicionales. Las izquierdas no han sabido adaptarse al final de la guerra fría, necesitan renovar su discurso y la defensa de la democracia, la libertad, los derechos sociales y un humanismo cosmopolita deberían ser sus ejes fundamentales.

Mientras llega esa recomposición de las izquierdas, el objetivo es fortalecer la democracia. No caben las cesiones hacia el nuevo fascismo, ni en la UE ni en cada país. Tampoco hay lugar para extrañas componendas, que solo sirven para fortalecer a la extrema derecha, Italia es un ejemplo demasiado triste.

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