El PP de los hermanos Marx


Sería fácil sugerir que Rajoy se ha marchado dejando el PP hecho unos zorros, pero se faltaría a la verdad: ya tenía al PP despelurciado mientras estaba él. Rajoy nunca hacía nada, ni en el gobierno ni en el dédalo del partido; más bien esperaba que todo se enredara por su cuenta hasta el absurdo, por eso jamás destituía a un ministro y tardó semanas en pulirse a la zombi política Cristina Cifuentes. Ese ha sido siempre su modus operandi, que al parecer es eficaz para llegar a la Moncloa. Igual fue el registrador más joven de España porque no se presentó nadie más, o porque el tribunal lo presidía Álvarez Conde, el dispensador automático de másters para cargos populares. Dios pille confesado al que se vea obligado a registrar una escritura en Santa Pola con cierta urgencia.

Así que ahora han surgido en el partido de la derecha más facciones que pokemon, es un sarpullido de candidatos que nos tiene perplejos incluso a los escépticos. Desde personajes tan fuera de bolos como el insumergible Margallo hasta otros oscuros y desconocidos incluso para los militantes. Y estos mandamientos se resumen en dos: odiarás a Cospedal o a Sáenz de Santamaría. Me fastidia dar la razón a un individuo tan antipático y carcundioso como Aznar, sin duda el peor presidente de la democracia, el generador de la hecatombe económica y la cleptocracia, una verdadera carcoma para el sistema. Me fastidia, digo, pero lo que pensaba y proclamaba Aznar de la desintegración en ciernes del PP era cierta, no cabe duda. Hasta un reloj estropeado da la hora dos veces al día, que en el caso de Aznar es solo una. Por otra parte, él eligió con dedo divino, como en el PRI mexicano, a su sucesor y artífice de todo lo que llovió, así que mejor se estaba calladito. Si hubiera elegido a Rato ahora tendríamos un presidente perseguido por la justicia como Puigdemont y todo sería mucho más divertido, puede que incluso tuviéramos un presidente español en Luxemburgo. Pero algo debía de olerse Aznar entre tanto chiringuito financiero, quizá oyó fétidos susurros en los pasillos del Cesid y finalmente optó por Rajoy. O eso, o fue a voleo, no sé qué es peor.

Cospedal está más quemada que un tizón. Apostó por Bárcenas, apostó por Cifuentes, apostó contra Soraya… desde luego, puede asegurar que no obtuvo su fortuna en una casa de apuestas. No sé si Cospedal es gafe para los demás o para sí misma, pero está tan vinculada a la peor imagen fermentada del PP que sería chocante que se hiciera con la presidencia. Por el contrario, su mayor adversaria, Soraya Sáenz de Santamaría, goza del don de la palabra y de la apuesta mucho más, en principio, y se mantuvo a prudencial distancia de las cloacas del partido. La mujer de confianza de Rajoy no ha cometido errores tan cómicos como Cospedal, pero hombre, nueva, lo que se dice nueva, tampoco es. Sería interesante conocer los detalles morbosos de la guerra que han llevado a la trinchera contra Soraya a Margallo y su bocachancla. El ex ministro da la impresión de estar un poco gagá, carcomido por rencores y venganzas nunca satisfechas, y pone la nota pintoresca en la campaña pepera.

Luego está el inefable Pablo Casado, un viejoven que responde, cuando le preguntan por sus estudios dudosos y puede que virtuales, que hay que pasar página sobre su propio pasado universitario. Es como si a Rato le investigan por sus presuntos latrocinios y éste le espeta al juez que, vaya, debería pasar página y dejarle en paz.  Y, sí, muchos años no ha cumplido, pero lleva en la política como veinte, más de la mitad de su vida. Del resto de candidatos mejor ni hablamos, aunque la experiencia periodística me dice que en estos barullos a menudo triunfan desconocidos y me tengo que comer mi artículo. Lo haría con gusto si así vemos caras nuevas en el telediario.

Rajoy se ha ido como llegó: huyendo de los problemas en todos los frentes, de victoria en victoria hasta la derrota final. A Rajoy lo citan al programa del Chester, se acopla al sillón y no sale ni con agua caliente. Si algo se arregló en estos años fue por error, gracias a los demás o a pesar de él. Aunque, visto lo visto, puede que lo mejor para un país sea que sus infrapolíticos dejen a la gente trabajar y no hagan nada.

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