Cristalitos de colores


No sé si es una verdad histórica o una argucia pedagógica que iluminó mi niñez. Pero recuerdo que mi maestro de Forcarei nos contaba que Cristóbal Colón llevaba en su carabela unas sacas de correos llenas de cristalitos de colores, que obtenía a base de machacar los frascos y botellas recogidas en los vertederos de Poio. El destino de estos cristalitos era cambiárselos por oro a los nativos americanos. Y más de una vez intenté calcular cuántos frascos hicieron falta para financiar El Escorial, la Universidad de Salamanca o la catedral de Granada.

De ese mito me acordé ayer al ver como los áureos decretos y leyes que nos prometieron los votantes de la censura -presupuestos para la gente; pensiones dignas financiadas por la banca; reformas laborales que iban a acabar con el paro, la precariedad y los bajos salarios; acuerdos con Cataluña en el marco de la nación de naciones; nuevo modelo de financiación autonómica; becas para repetidores que forjan su destino en el botellón de los jueves; un Silicon Valley en cada provincia; franciscosfrancos desenterrados y desterrados de su colosal mausoleo; policías desmedallados; mineros del carbón (estilo Antonio Molina) compatibles con la transición ecológica, y raperos patanes, pero laicos, que nos rediman de la anticuada religiosidad de Haëndel y Bach-, se cambian ahora por cristalitos de colores destinados a suplir tantos brillos olvidados.

No negaré que estoy de acuerdo con esta ministra de Trabajo que sólo va a matizar -«si hay consenso»- algunos aspectos de la reforma laboral. Y con la ministra de Hacienda que mantiene los presupuestos de antes -que también serán de después- «por responsabilidad de Estado». Y con Batet, que condiciona su reforma constitucional «urgente y viable» a que alguien haga una propuesta y todos la consensuemos por obra y gracia del Espíritu Santo. Y con el ministro de Interior que, a base de improvisar y rectificar, está empezando a saber que no es los mismo ser juez -y responder ante el Dios Supremo- que ser ministro y responder ante todo dios y todo ratero que tenga un voto en su mano. Y con la ministra de Educación, que no cree que derogar la LOMCE sea tan necesario y urgente.

En realidad estoy de acuerdo con todo lo que hacen -y con casi nada de lo que prometían- los actuales ministros. Y por eso me gustaría que, en vez tratarnos como a nativos antillanos, y darnos cristalitos a cambio de oro, nos digan la verdad. Que reconozcan que Rajoy no iba tan mal encaminado, que España no se estaba hundiendo en la miseria, y que no somos el país más desgraciado de Europa. Y que después se limiten a aplicar el mejor programa que puede adoptar cualquier gobernante democrático y decente: hacer lo posible, no prometer lo imposible, y no adornar nuestra atareada vida con cristalitos de colores. Con sólo ese giro, decente y pragmático, me ofrezco a pasar dos años comprendiéndoles, sin exigir más milagros al Santo Advenimiento.

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