La deuda del Chatarrero

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Era difícil desoír ayer la llamada del mar de Razo. Plano, inmenso, azul, tranquilo y lleno de vida. Es un océano de contrastes. Hace unos días, poco más allá de las Sisargas, el Atlántico se tragó silenciosamente a un viejo aventurero alemán. Como una anaconda saciada, ayer dormitaba lamiendo la arena y los cuerpos se bañaban al sol ajenos a la jauría ensordecedora del día a día. Indiferentes a los 15.300 millones de euros que Rato, Miguel Bosé, Conde, Dani Alves y demás campeones de la morosidad le escamotearon a Montero, la recién nombrada guardiana de las arcas públicas. La infausta lista de la vergüenza, artífices de ingenierías financieras que se desploman con un leve soplo de verdad matemática. «Eso es el mercado, amigo», palabras de un tiburón de las finanzas, de esos que mueven los números como si fuesen mazas de cartas en mano del prestidigitador. Rostros de piedra insaciables e insensibles a la desesperación y a las desgracias ajenas. Diseñadores del destino de los demás. En realidad no es nada nuevo. Ya decían los antiguos que las grandes deudas no dejan de ser un privilegio de los más ricos. Las viejas abuelas de las aldeas te aconsejaban que no estirases la pierna más allá de la manta. Docta lección de primero de Economía. Para Keynes, el problema ya no es de Rato y demás defraudadores. A estas escalas, el problema es para el Estado y sus ciudadanos. No es gente que esté por seguir los consejos del sabio: «Es mejor acostarse sin cenar que despertar con deudas». Si hasta está el Chatarrero, aquel de los amoríos con Carmen Martínez-Bordiú, la nieta de Franco. Parece que estamos condenados eternamente a toparnos siempre con los mismos personajes.

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