El soldado de Nápoles


Escritor y periodista

En 1918, hace de esto cien años, la gente empezó a enfermar y morir sin que se supiera la causa. Sucedió en todo el mundo y se lo llamó la «gripe española», aunque la gripe, en realidad, no había surgido en España. Ahora se sospecha que se inició en Estados Unidos, que fue traída por los soldados norteamericanos que vinieron a Europa a combatir en la Primera Guerra Mundial, y que, de allí, del fango y la suciedad de las trincheras, se extendió rápidamente por todo el mundo. A España, en concreto, llegó por tren, en la maleta de cartón -por decirlo así- de los temporeros que habían ido a trabajar a Francia para sustituir a los soldados movilizados. Como España era uno de los pocos países que no participaba en la guerra europea, sus periódicos no estaban sometidos a la censura y podían hablar abiertamente de la epidemia. De ahí que en todas partes se la llamase la «gripe española».

En España, en cambio, se la llamaba «la gripe europea», y como la primera oleada fue relativamente benigna, la prensa en principio se la tomaba a broma. Ese año se había estrenado en Madrid con mucho éxito la zarzuela del maestro Serrano La canción del olvido, y todo el mundo tarareaba el coro «Soldado de Nápoles». Así que a la epidemia se le dio ese nombre jocoso de «soldado de Nápoles». Mi abuela Ángela me la cantaba muchos años después: «Soldado de Nápoles / que vas a la guerra / Mi voz recordándote / Cantando te espera...»

Pero la cosa cambió al llegar el verano. El virus se extendió a través de las fiestas populares, y, lo que es peor, mutó, haciéndose mucho más letal. Y al comenzar el otoño golpearía una segunda oleada, cebándose sobre todo en las provincias más pobladas y donde había más niños. En Burgos murieron 167 personas por cada diez mil, en Palencia las muertes por enfermedad respiratoria aumentaron de golpe más de un doscientos por cien. En Coruña llegó a haber treinta entierros en un día. Las campanas de las iglesias dejaron de tañer a muerto para no desmoralizar todavía más a la población. Los carteros, que entregaban sus cartas en mano, se contagiaban con tanta frecuencia que hubo que sustituirlos por soldados. También morían muchos médicos, enfermeras y monjas que atendían a los enfermos, y por los que poco se podía hacer más que cocer hierbas de romero y eucalipto para aliviarles los síntomas mientras la parca lanzaba sus dados. Uno de esos médicos era el marido de mi tía abuela Elisa, que cayó en acto de servicio en la tercera oleada, la del invierno, que castigó especialmente a Lugo. Recuerdo su foto, en la sala de nuestra casa de Meira, junto al reloj de pared: un hombre joven y apuesto, con una mirada profundamente triste. Un día me fijé bien en sus ojos y descubrí que los tenía pintados a lápiz. Entonces, en las fotografías, no salía el iris y había que dibujarlo.

En total, la gripe mató al seis por ciento de la población mundial, entre 50 y 100 millones de personas, entre el diez y el veinte por ciento de todos los que se contagiaron. Y al año siguiente, tan misteriosamente como había llegado, desapareció.

Se cumplen cien años de la gripe del 18 y me acuerdo de aquella foto del marido de la tía Elisa, con sus tristes ojos pintados, muerto en la flor de su juventud. Y me acuerdo de la tía Elisa, que llevó el luto de la gripe del 18 durante setenta años. Se me viene a la cabeza, con un escalofrío, la tonada de «Soldado de Nápoles», que cantaba mi abuela, también superviviente de aquella epidemia de la que, durante años y años, nadie quería hablar, pero que cuya historia seguían contando sin querer con pequeños y grandes gestos: la fotografía gastada, el luto, la canción.

Autor Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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