El que no se mueva no sale en la tele


Si Nicolás Maquiavelo resucitara y revisara su famoso tratado El príncipe tendría que dedicar por lo menos un capítulo a glosar la importancia del control de los aparatos de propaganda del Estado. Y, como hizo en su día con Fernando el Católico o César Borgia, podría tomar ejemplos con pedigrí español. Pero si las maniobras, tácticas y estrategias de aquellos personajes históricos le parecieron admirables al florentino, los trapicheos actuales de los partidos españoles para nombrar presidente de RTVE le producirían sonrojo.

La ilusión despertada entre la ciudadanía tras el cambio de Gobierno ha empezado a resquebrajarse. Los dioses de la política que abandonaron a Mariano Rajoy tras la sentencia de la Gürtel y se posaron en el hombro de Pedro Sánchez vestidos de estrategia a la americana son caprichosos, volátiles y algo cobardes. Se desvanecen cuando topan con los fríos números de la aritmética parlamentaria y la cruda realidad de los juegos de poder. Disipados los hechizos, los gobernados descubren las verdaderas intenciones de los gobernantes. Y el horizonte de crear en España algo parecido a la BBC británica se aleja hacia el infinito y más allá.

Sorpresa, sorpresa. El pacto no escrito que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa incluía un reparto de cromos. Pablo Iglesias, que hizo su carrera política a caballo de la televisión y conoce bien las posibilidades del medio en cuanto a propaganda e influencia (la corporación pública maneja un presupuesto muy importante y realiza muchos contratos jugosos), pujó fuerte y puso sobre la mesa un nombramiento de marcado carácter ideológico. Y todo saltó por los aires.

Para pasmo del personal, el PP imitó al jefe de policía Renault en la película Casablanca y remedó aquel famoso «qué escándalo, en este local se juega» para, en el colmo del cinismo, olvidar su reciente y ominosa etapa al frente del ente público y poner el grito en el cielo por la muy mal ejecutada maniobra de los dos principales partidos de izquierda de la cámara. Imaginar a Juan Carlos Monedero como presentador de Informe Semanal puede tener gracia en redes, pero no eclipsa las políticas que dieron lugar a los viernes negros y a las comparaciones de la que debería ser la televisión de todos con TV3.

Es muy bonito proclamar, como hace Podemos, que «se acabó RTVE para hacer propaganda política», pero quedas muy mal si, a la vez que distribuyes el eslogan, intentas colocar a un presidente cautivo que sepa que te debe su cargo y al que puedas manejar.

El socialista Alfonso Guerra acuñó en los 80 el mítico «el que se mueva no sale en la foto». Hoy todos quieren controlar quién sale en la tele. Seamos serios y hagamos lo razonable: desconfiemos y recelemos. El Gobierno de Pedro Sánchez ha hecho muchas promesas regeneradoras, pero, ¿cuál de los principales actores políticos en España renunciaría a gobernar sobre los telediarios?

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