El PP organiza su funeral

.

Dice la leyenda que Carlos V, postrado por las fiebres palúdicas en su lecho del monasterio de Yuste, presenció a través de un ventanuco su propio funeral. Otra versión, acaso con mayor fundamento científico, asegura que expiró mientras contemplaba un lienzo de Tiziano en el que se representaba la muerte del emperador. Desconozco qué extraños mecanismos mentales me han llevado a relacionar esa escena -real o imaginaria- con las primarias del PP. Tal vez porque, en ambos casos, existe voluntad de trascender: de buscar vida después de la muerte. O simplemente porque he leído en algún lado que, con sus primarias, el partido hegemónico de la derecha ha organizado su propia autopsia. No sé.

Este simulacro de primarias, en todo caso, lleva camino del desastre. El PP no tiene práctica en estas lides y se le nota. Hasta ahora había funcionado digitalmente y con excelentes resultados. El dedazo de Fraga señaló a Aznar y el bigote de Aznar señaló a Rajoy. Y santas pascuas: los dos designados acabaron en la Moncloa. Hasta que llegó la hora del nuevo relevo, Mariano Rajoy se abstuvo de designar sucesor y dejó el timón en manos del partido. Y entonces comenzó la odisea, los cantos de sirena, los cíclopes amenazantes y la isla de los antropófagos.

Las primarias exigen, en primer lugar, un estriptis. Hay que desnudarse y enseñar músculo y michelines, fortalezas y debilidades. Lo hizo el PP y comprobamos que nos había engañado: no tiene, ni por asomo, el cuerpo de Cristiano Ronaldo que nos hacían creer. Presumía de contar con 860.000 afiliados -más de cien mil en Galicia- y, a la hora de la verdad, solo aparecen 66.706 inscritos con derecho a voto. Cualquier lectura que se haga de esas cifras resulta demoledora. Si alguna vez alcanzó aquella cuota, el partido está hoy en los huesos y al borde de la inanición. Si aún los mantiene, pero no quisieron participar, esa apatía es síntoma del batacazo electoral que viene. El futuro líder o lideresa nacerá sin legitimidad alguna, porque no hay democracia ni nada que se le parezca -en un país, en un partido, en una comunidad de vecinos- donde participa menos del 7,6 % del censo electoral.

Pero el PP, para mayor despropósito, ha establecido unas primarias singulares a doble vuelta. Primero votan los 66.706 afiliados inscritos. Y finalmente deciden los 3.134 compromisarios elegidos con arreglo al censo fantasma. Veamos con un ejemplo por qué esta norma, al basarse en cifras de afiliación ficticias, no tiene pies ni cabeza. Imaginemos que todo se decide en Madrid y Galicia, y que todos los afiliados madrileños apoyan a Soraya y los gallegos, a Cospedal. La primera arrasaría entre los militantes: 9.944 votos madrileños por 4.564 gallegos de su rival. Pero el VAR congresual cambia las tornas y anula la goleada, porque el PP de Galicia, que supo inflar el censo mejor que nadie, tiene 72 compromisarios más que Madrid.

Por eso pongo en duda que este paripé democratizador sirva para reconstruir el PP. Más bien me recuerda al emperador contemplando el cuadro de Tiziano.

Valora este artículo

1 votos
Comentarios

El PP organiza su funeral