«Salvemos» el Valle de los Caídos


Imaginemos que una vez concluida la guerra mundial un colectivo de supervivientes del Holocausto hubieran propuesto la demolición del campo de exterminio de Auschwitz alegando que este lugar, icono de la barbarie nazi, debía ser destruido para así reparar su sufrimiento. Afortunadamente, nada de esto sucedió, y Auschwitz es desde 1947 un museo, declarado en 1979 Patrimonio de la Humanidad, y por el que en 2016 pasaron 2 millones de personas. En él trabajan 300 profesionales que se dedican a explicar, conservar e investigar este patrimonio histórico que ocupa una extensión de 200 hectáreas.

El Valle de los Caídos es el monumento fascista más grande de Europa. Su importancia histórica para entender el fascismo es indiscutible, y posiblemente sólo comparable a Auschwitz y los campos de concentración del Tercer Reich. Reconvertir el Valle de los Caídos de mausoleo franquista y lugar de culto religioso, en museo de la dictadura y centro histórico-pedagógico sobre nuestro pasado reciente, una suerte de «Auschwitz español», tal y como ya propuso en 2005 Iniciativa per Catalunya, sería un gran paso en la construcción de una memoria democrática de nuestra guerra y nuestra dictadura. Recordemos que mientras toda Europa está llena de museos del nazismo y de la resistencia antifascista, España sigue sin tener un gran museo del acontecimiento más importante de sus historia contemporánea: la Guerra Civil.

Hacer del Valle de los Caídos un espacio de «reconciliación nacional», tal y como ha sugerido Ciudadanos, el cambio de nombre propuesto por Manuela Carmena, Valle de la Paz, derribar la cruz, como defienden IU y el Foro por la Memoria, o sacar el cuerpo de Franco y mover de lugar el de José Antonio, como va a hacer el gobierno , no contribuyen a que entendamos más y mejor nuestro pasado, sino a infantilizarlo y sobre todo a desfigurar la arquitectura de lo que es el Valle, un colosal cementerio fascista construido por prisioneros políticos en condiciones inhumanas. Recuperar este mausoleo y reconvertirlo, tal y como Argentina ha hecho modélicamente con la Escuela de Mecánica de la Armada, el antiguo centro clandestino de detención y tortura de los desaparecidos, hoy Museo Nacional de la Memoria, es un proyecto bastante más serio para que este país tenga por fín un discurso público adulto y democrático sobre su pasado reciente.

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