La postura del compromisario


Con altibajos, pasos adelante que se corrigen con zancadas atrás, listas plancha, congresos a la búlgara después de guerras intestinas, censos en los que se intenta guardar una papeleta en la manga, con todo eso pero también avances, los partidos españoles terminan de intentar dar sus primeros tambaleantes pasos hacia la mayor participación de los militantes en la elección de sus líderes. Pasos tomados desde que estallara una crisis económica que también fue política. Ha costado prácticamente una década pero ya los partidos con mayor representación se rigen por el voto de sus afiliados con el punto y aparte que será estas primarias de un PP que deja atrás su antiguo régimen de dedocracia. Con reparos, claro, porque el conservadurismo español cree que se confunde demasiado fácil la libertad con el libertinaje y todo debe de hacerse pero dentro de un orden. Para que la «primera vuelta» de cada militante un voto a la urna no sea una vorágine sin freno han ungido un mecanismo corrector, un cilicio de notables; la elección definitiva no se toma de un revolcón como esos otros yeyés sino en la postura del compromisario.

Han pasado el primer corte, y a muy poca distancia el uno de la otra, Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría, con más sufragios en su balanza para la exvicepresidenta. Como polvo que trata de esconderse bajo la alformbra está la contradicción que vive un partido que ha hecho bandera de lemas como «la lista más votada» o «pactos de perdedores» y ahora tienen que tirar a la basura toda la doctrina acuciados por el realismo. ¿Hay alguna diferencia ideológica de calado entre los dos sectores en liza que ahora se conforman? Sáenz de Santamaría hizo valer en campaña, y con ella venció, su experiencia dentro del Gobierno; Casado se hizo fuerte aglutinando al aznarismo nostálgico y el autodenominado liberalismo de Esperanza Aguirre para ahora tratar de encontrar el equilibrio que le permita dar el salto final apoyado en el pie de una Cospedal que fracasó en hacer fortaleza de su cargo de secretaria general.

Pero quizá esté ahí una clave para descartar naipes y partir con una mano mejor en la siguiente ronda. En el tapete final echan cuentas los compromisario elegidos en cada comunidad, en función de criterios como el número de provincias y, sobre todo, una cifra teórica de afiliados por agrupación que se ha demostrado a todas luces que no tenía sustento. De más de 800.000 hipotéticos afiliados sólo se inscribieron para votar algo más de 66.000 y lo hicieron efectivamente poco más de 58.000; una cifra ligeramente menor del conjunto de cargos públicos, desde consejeros a concejales, que el partido tiene en toda España.

Para ser señor o señora en la calle Génova hay que ser primero compromisario en la cama del cónclave. Tiene este partido conservador que tanta frigidez para que las primarias no sean un desmelene termine por crear problemas mayores; tiene además que Casado puede encontrarse que el postre de su posible presidencia sea una una investigación abierta en los juzgados sobre sus títulos académicos y tiene, sobre todo, que mirarse honestamente al espejo para comprender su verdadero y menguado tamaño antes de arrogarse nada menos que ser la voz del espíritu de la nación.

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