Machado ya no es anticatalanista

.

Antes de que Quim Torra llegase a la Moncloa con su botella de licor de ratafía bajo el brazo, los exaltados de su bando ya habían desaprobado su encuentro con el presidente del Gobierno. La diputada de la CUP María Sirvent lo había dejado claro: un diálogo con quien no acepta el derecho de autodeterminación «está viciado desde el principio». Antes de que Pedro Sánchez abriese las puertas de palacio al presidente de la Generalitat, los cancerberos de las esencias patrióticas también lo habían condenado. Ciudadanos lo acusaba de «dar un cheque en blanco a los nacionalistas» y le pedía que no recibiera a Torra «hasta que abandone el desafío separatista». El mensaje compartido por ambos extremos era concluyente: puesto que el Estado jamás aceptará el derecho de autodeterminación de Cataluña y puesto que los dirigentes independentistas jamás abdicarán de sus ideas disolventes, nada hay de qué hablar.

¿Cuál era la alternativa que le quedaba a Pedro Sánchez? Pues la misma que ya ensayó su antecesor: dejar que se pudra la situación, abonar irresponsablemente la planta secesionista, esperar que el independentismo cruce de nuevo la raya que separa la libre expresión de la ilegalidad flagrante y después, ¡zas!, la consabida cirugía que sustituye a la política: las porras, el 155, los tribunales, las cárceles... Decía Clausewitz que «la guerra es la continuación de la política por otros medios». No pensó el militar prusiano en España, donde muchas guerras se desataron no por el fracaso de la política, sino por la ausencia de política.

Precisamente porque no esperaba que fuesen a solventar aquel dilema irresoluble -o abdicación del Estado, o derrota del independentismo-, valoro positivamente la reunión de Sánchez y Torra. Admitir que las crisis políticas hay que afrontarlas desde la política supone un avance. Rebajar la tensión, reducir la inflamación causada por la fractura de Cataluña, significa un logro nada despreciable. Agrandar las fisuras que se perciben en el bloque secesionista, potenciando aquellas opciones que se inclinan por vías más pragmáticas y posibilistas -ERC, el PDECat de Marta Pascal, Òmnium Cultural-, frente a los irreductibles que se obcecan en mantener viva la ficción de la república catalana -desde Puigdemont al propio Torra, pasando por la ANC de Jordi Sánchez-, debería ser un objetivo alcanzable a través del deshielo.

Y después están los gestos, las palabras y las imágenes, los mimbres con los que se teje la la distensión y, sin embargo, tan despreciados por los políticos del blanco o negro. Porque a mí, permítanme que me sincere, que Quim Torra quisiera contemplar la fuente de la Moncloa, ante la cual Antonio Machado y su amada Guiomar daban curso a su romance clandestino, me parece un guiño político más significativo que la puesta en marcha de comisiones bilaterales. Hace solo un año, Antonio Machado era solo un nombre que el ayuntamiento de Sabadell, adalid del ultranacionalismo, estudiaba desterrar del callejero por «españolista y anticatalanista».

Valora este artículo

0 votos
Comentarios

Machado ya no es anticatalanista