El rey, perdedor del encuentro

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La reunión de la Moncloa ha transcurrido como se podía esperar, con un detalle no previsto: duró una eternidad, dos horas y media. Según Carmen Calvo, la duración ha sido uno de los méritos del encuentro, porque es señal de que se habló mucho, y hablar se entiende en la Moncloa como normalizar la relación para resolver lo que Rajoy averió. Lo dijo también la señora Calvo: a Rajoy «le hicieron dos referendos» en seis años, Pedro Sánchez «en un mes y dos días» se reunió con Quim Torra. Ese es el balance. El éxito es hablar. El contenido es algo más misterioso, porque Torra, en esos 150 minutos, descubrió que Sánchez defiende la plurinacionalidad «pero sin concretar cuál es su proyecto para España ni su solución al derecho de autodeterminación».

El president vuelve a Barcelona con la sensación del deber cumplido: la reunión debía servir para reclamar la independencia en Madrid y lo hizo. Lo hizo con toda solemnidad, porque «no renuncia a ninguna de las fórmulas para lograrla». Entre los suyos quedará como un héroe que tuvo la valentía de decirlo. Y algo más: exigió que cese «la ofensiva política y judicial contra el independentismo» y «que se ponga término a la persecución de las ideas». Torra dijo lo que quería decir y no sabemos lo que Sánchez respondió. Solo sabemos que su vicepresidenta cree que la Constitución no da para un referendo de autodeterminación.

Opinión personal: celebro que Sánchez y Torra hayan hablado. Todo lo que sea romper el hielo es positivo, mucho más positivo que la distancia y el silencio. No me sorprende nada de lo que se dijo, porque está en la esencia de la intención de Torra. Torra no está en la Generalitat para buscar el entendimiento con España; está, por designio de Puigdemont, para forzar la ruptura. El desafío es tan grande y desde ayer tan diáfano que debiera haber comparecido Pedro Sánchez y no delegar en la escurridiza Carmen Calvo. Pero se nota que Sánchez no quiere quemarse en esto. Prefiere quedar como el hombre del diálogo.

Y tres notas complementarias. Primera: si Torra exige que cese la ofensiva política contra el independentismo, tampoco estaría mal que cesase la ofensiva política del independentismo contra España. Eso resolvería algunas cosas. Segunda: es muy llamativo que Torra reclame el término de la «persecución de las ideas» al mismo tiempo que él defiende esas ideas al máximo nivel y con máxima publicidad. Y tercera: Torra no invitará al rey a los actos de aniversario de los atentados de agosto. ¿Le ha parecido bien eso al jefe de su Gobierno? ¿Sabe, intuye o sospecha que se le margina porque representa la unidad del Estado? ¿Quién defiende al rey? Creo que la ansiada normalización debiera empezar por ahí.

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