Es lo que hay


Cuando en una situación de abuso se oye la frase «es lo que hay», en circunstancias habituales caben pocas opciones de categorización del emisor: o es el sujeto agente del abuso o el sujeto paciente de la alienación. Es decir, estamos ante quien maltrata o ante quien ha sucumbido al aleccionamiento para la subordinación y la servidumbre que, en el peor de los casos, se ha convertido, además, en colaboracionista.

Veamos un ejemplo. Hace unos días apareció un artículo en la página web de uno de los grandes grupos de comunicación de este país, titulado: «Me pagan una mierda para lo preparado que estoy: los millennials se creen Dios». Con una entradilla que decía: «Queridos millennials, a ver si vamos espabilando».

En él, la periodista que lo escribe cuenta su experiencia con un compañero millennial (es decir, perteneciente a la Generación Y, nacida en las décadas de los ochenta y los noventa, con límites variables en función de la autoría) como muestra de su modélico estoicismo ante los estragos laborales causados por La Crisis.

Sucedió que, trabajando para un medio digital, le pidió a un joven editor de vídeo, a quince minutos del final de la jornada laboral, el montaje de una pieza audiovisual para una noticia cultural. A lo que el millennial contestó que no le pagaban como para estirar su jornada y que se lo haría al día siguiente. Y que si tenía prisa se lo dijera a su jefe.

Por un momento aquel plante le hizo reflexionar acerca de todas las horas extras (no pagadas, se supone) que había hecho durante años para hacerse acreedora de la confianza de sus empleadores. Incluso pensó en si debía adoptar un criterio similar y no trabajar si no le pagaban un sueldo acorde a su valía profesional. Pero poco duró el espejismo de luchar por un empleo digno; se sucedieron enseguida los argumentos despectivos acerca de la actitud de su compañero: que si lo habían criado ente algodones, que si se cree el rey del mambo. La consabida colección de tópicos del conjuro para la resignación al abuso.

No hace falta conocer la teoría del valor-trabajo, o el concepto de plusvalor, para intuir que, desde que se produjeron excedentes de forma recurrente y apareció el trabajo asalariado, quienes más afán tienen por acumular dichos excedentes podrían, a su vez, no tener reparos en inventar «toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden». Así lo expresó Tomás Moro casi tres siglos antes de que uno de los padres de la macroeconomía y la teoría cuantitativa del dinero, David Ricardo, enunciase, a principios del siglo XIX la Ley de hierro de los sueldos, que dice que «el salario siempre tenderá a reducirse a lo estrictamente necesario permitiendo al asalariado solamente subsistir y reproducirse».

Y que, para lograr sus objetivos, una de las formas de reducir la resistencia a este abuso sistemático es a través del discurso; con una secular letanía de argumentos improbables como «la cosa está muy mal; no te puedo pagar más», «es el mercado, amigo» del paradigmático Rato, o el infame «es lo que hay» con el que la periodista cierra su crónica.

Tanto Aristóteles como Marx, en contextos muy diferentes, consideraban el trabajo una forma de esclavitud en el que la subordinación se daba de forma «natural» o disciplinaria, respectivamente. Pero no creo que fueran capaces de imaginar cómo la «sutileza» del discurso, es decir, del conjunto de mensajes que recibimos en el programa de endoculturación para la nueva «sociedad del rendimiento» que describe el filósofo Byung-Chul Han, ha conseguido convertirnos en un animal laborans que se explota a sí mismo, o se deja explotar, voluntaria y estoicamente.

Y la permeabilidad al discurso no solo se alienta con sermones como el que hoy nos ocupa, sino que muchos de los poros en nuestro tejido cognitivo son el resultado de las punzadas que inflige un sistema educativo que antepone la competición hacia el éxito individual a la cooperación hacia el bien común.

Por otra parte, que las consecuencias de una crisis originada en una criminal e impune orgía especulativa del poder financiero, de la que el poder político es cómplice, afecte a la sociedad de manera inversamente proporcional a la responsabilidad en sus causas, no hace más que reflejar la relación entre codicia y ética, y las escasas posibilidades que tenemos para librarnos de aquellas. No en vano, llegar al gobierno sin la bendición de los bancos es la piedra angular de todo proyecto de emancipación. En fin.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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