La conversación. El presidente, el presidente, la patria y el rey


Pedro Sánchez y Qim Torra hablaron un rato. Sánchez lo recibió en la escalera como a una persona importante y Torra le regaló un licor de frutas para la digestión y el buen humor. Según parece Torra es así, campechano como un Borbón pero más preparado. Y llegó la catarata de tópicos kitsch sobre la conversación. Los topicazos no son topicazos porque se repitan. La vida y conversaciones cotidianas son rutinarias y están llenas de repeticiones. Las repeticiones que son topicazos son las que se repiten queriendo destacar de la rutina y como pretendiendo que se dicen por primera vez. Así que unos empezaron a darnos la turra otra vez con el valor del diálogo, la palabra y el entendimiento. Otros arrecian con la simpleza de que hablar es manifestar disposición a ceder algo, por lo que la integridad de la patria podría naufragar entre los hipos de la ingesta de licor de frutas. Ciertamente, se dijo que se iba a hablar de «todo» y una de nuestras curiosidades como hablantes es que, cuando utilizamos expresiones de cuantificación universal como «todo» o «cualquier cosa», realmente no nos referimos a todo o cualquier cosa, sino sólo a lo más extremo o excepcional. Si decimos que alguien hizo de todo para llegar donde llegó o que es capaz de cualquier cosa, estamos pensando en truculencias que no hace todo el mundo. Así que tienen razón los patrioteros al suponer que si iban a hablar «de todo», es que iban a hablar de independencia. Claro que lo podían ver al revés; si hablaron de independencia es que hablaron de la unidad de España. Quien desde luego no habló fue el Rey. No importa que no le tocara. Desde octubre del 17 el Rey parece incapacitarlo para tener interlocutores en Cataluña que le den licor de frutas. Él, que está por encima de la refriega de los partidos, está más desgastado que Sánchez. Volveremos a ello.

Los chimpancés crean y retienen sus relaciones sociales compartiendo tareas, sobre todo corporales. Despiojarse mutuamente es una manera de quitarse parásitos, pero también de mantener una relación que se proyectará a otras tareas comunes, por ejemplo de defensa, predación y alimentación. Los humanos no somos tan sobones. En vez de los dedos tenemos palabras. Con ellas unas pocas veces nos decimos cosas. La mayoría de las veces las usamos como cháchara, como dedos invisibles con los que nos tocamos y ejercemos e hilamos complicidades, amistades o reconocimientos. Quien crea que es inútil que Torra y Sánchez hablen si no es para acordar algo que pruebe a dejar de saludar. Un saludo es un acto inútil en el que no nos decimos nada. Como digo, prueben a pasar de largo delante de los conocidos, prueben a no quedar con nadie ni hablar salvo que haya algo que decir o hacer. Y anoten en una libreta cómo va cambiando su vida. Al leer esa libreta entenderán para qué saludaban y gastaban tiempo en hablar sin decir nada. No hablamos siempre para decirnos cosas, sino para modular nuestra conducta mutua y tejer estructuras sociales grandes y pequeñas. Cuando se despiojan el Gobierno y el Govern, se multiplican entre la gente normal esas conductas inútiles y esas chácharas vacías que en conjunto llamamos convivencia. Pero que la Generalitat y el Gobierno no se despiojen el uno al otro de vez en cuando es una aspereza formal que, amplificada hacia abajo, abre las carnes de la convivencia en Cataluña y de Cataluña con el resto. Por supuesto, el problema está muy degradado para arreglarlo con un licor y una cháchara al lado de una fuente. Pero para cumplir metas la convivencia es un terreno más fértil que el desdén y el enfrentamiento.

Las palabras, tan queridas para tantas cosas, no se limitan a posarse sobre las cosas. Raspan las cosas, las aíslan y las colocan como un bulto en nuestra atención. Y a veces eso es más un destrozo que un entendimiento. No recuerdo haberme declarado explícitamente amigo de ninguno de mis amigos ni haber verbalizado el nivel de confianza que asumo tener con nadie. Hay cosas que sólo se pueden hacer haciéndolas y no diciéndolas (y otras al revés). La manera de normalizar a Cataluña en el Estado es haciéndolo, no está el horno para que nadie verbalice que la independencia tiene alternativas. Quizás algo así haya pasado en el País Vasco. La mejor propaganda contra el separatismo es la normalidad.

Los patrioteros de la derecha ya van supurando su mezquindad y cabe esperar en próximas elecciones que caricaturicen al país en ese chorreo rojigualdo cutre, casposo y vociferante que acostumbran. No es que me moleste el nombre de España. La tribu es en muchos sentidos como la familia. Yo tengo familia y estoy unido a ella como casi todo el mundo. Mi apellido figura en la firma de este artículo. Cualquiera puede entender que si yo vocease ese apellido en las puñetas domésticas y mis hijos y mis hermanas tuvieran que oír de vez en cuando cosas como «a un del Teso no se le habla así» o «los del Teso van vestidos como es debido» no sería más familiar de lo que soy ahora. Semejante cutrez sería sólo una caricatura cargante de la familia. Pero algunas fuerzas políticas sólo hilan discurso en la repetición torpona de lo que nos es común (España, condena al terrorismo y cosas así) y lo que nos es común no es alimento electoral si no hay bronca y fango en la convivencia. Por eso tienen enmierdar el debate público con la defensa de la patria y el terrorismo, como si los demás fueran orcos buscando carne humana para cenar. El caso de C’s a estas alturas empieza a ser grotesco. Fue la fuerza más votada en Cataluña y desde entonces no tuvo ninguna iniciativa de ningún tipo más que envolver la bandera nacional en el himno cazalloso de Marta Sánchez. La normalidad territorial es para ellos como la kryptonita para Supermán, los deja sin fuerzas y sin discurso.

Un Jefe de Estado con valor simbólico podría ser de utilidad para que fluyan esas conversaciones hechas de palabras o dedos con las que humanos y simios nos reconocemos parte de un grupo. Y podría ser una instancia del Estado con la que suavizar en la convivencia las heridas con que en la gente corriente se amplifican los berrinches de los gerifaltes políticos. Pero Felipe VI no parece haber entendido que la única forma de que en una democracia pueda haber un rey por herencia es que se limite a ser símbolo y representar. Para terciar en controversias políticas y ser palmero del PP tiene que presentarse a unas elecciones. En octubre de 2017 Felipe VI se sumó a la jarana de Rajoy y quemó cualquier papel posible de la Jefatura del Estado en la crisis catalana que no sea el de añadir voces en plan hooligan. Ya se había sumado al PP para declarar pasada la crisis y la corrupción, cuando el CIS decía que eran las dos principales preocupaciones de los españoles. La esterilidad de la Corona y el papel equivocado que pretende asumir el Rey empiezan a hacer insostenible una institución con la que Juan Carlos I avergonzó y avergüenza al país. Qué pinta una nación entera con una parte sustantiva de la gestión pública dedicada a espesar la opacidad y acallar testimonios sobre una orgía permanente de golferías, excesos, fortunas delincuentes e impunidad. Hasta cuándo vamos a aguantar que los cortesanos (expresidentes, exvicepresidentes, mandones de los medios) que mariposearon por los jardines Borbónicos nos sigan tomando por idiotas. La nulidad funcional de Felipe VI en el peor problema institucional que tiene España, el territorial, sucede cuando se hace irrespirable la institución monárquica. Su silencio obligado sobre Cataluña (¿qué podría decir?) cuando la figura de su padre se hace insufrible nos recuerda que fue el Caudillo quien los puso ahí y que todavía no se nos preguntó en serio si los queríamos ahí. El Presidente y President de turno, los que toquen cuando toquen, que normalicen el Estado de la única forma posible: haciéndolo. Y de momento lo mejor que podemos esperar de la Jefatura del Estado es lo que nos está dando ahora Felipe VI: callarse y no estorbar. La verdad es que no es mucho.

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