El PP se lía y vuelve el «zapaterismo»


Cuando uno se apunta a las modas porque sí, puede acabar vistiendo un traje que, aunque en la pasarela luce estupendamente, a él le puede sentar como un tiro. Eso es un poco lo que le ha sucedido al PP, que optó por incorporar en sus estatutos, sin pensarlo ni debatirlo demasiado, un extraño sucedáneo de primarias para elegir a su líder totalmente ajeno a lo que había sido la cultura del partido. Como resultado, asistimos a un espectáculo penoso, en el que la primera fuerza del país se comporta como un recién nacido que lo improvisa todo.

Si a un enemigo del PP le hubieran encargado diseñar un modelo de elección del líder que perjudicara al máximo a los populares y los dividiera, habría hecho algo muy parecido a lo que aprobaron ellos mismos, abriendo la puerta a que, una vez que los militantes se han pronunciado, unos compromisarios alteren lo decidido por las bases, estableciendo así un peligroso choque de legitimidades. Las primarias son democráticamente sanas. Y el sistema a doble vuelta no solo es justo, sino recomendable. Pero para que sea funcional debe ser el mismo cuerpo electoral el que se pronuncie en ambas convocatorias.

Las extrañas primarias del PP sí han servido, al menos, para desnudar a algunos dirigentes, como el ex ministro de Exteriores José Manuel García-Margallo, que habla siempre ex cátedra y le complicó mucho la vida a Rajoy, y al que finalmente apoyaron exactamente 680 afiliados en toda España. Decir además públicamente, como dijo Margallo, que él haría «todo lo posible» para impedir que Sáenz de Santamaría fuera candidata no ayuda tampoco mucho a mejorar la imagen del PP, que siempre fue un partido de orden que dirimía sus malos rollos en casa.

Pero los problemas no han acabado, sino más bien han aumentado, cuando la primera criba ha dejado ya solos en la carrera a Sáenz de Santamaría y Pablo Casado. Más allá de la pobreza de los mensajes que se cruzan, el obsceno espectáculo de que uno y otro se atribuyan de antemano, como si hablaran de títeres, un número de compromisarios que en teoría votan en conciencia y sin mandato imperativo, deja claro que el congreso se decidirá mediante oscuras componendas a espaldas del militante, como ha ocurrido siempre.

Lo peor, en todo caso, es que ni Sáenz de Santamaría ni Casado representan precisamente una opción estimulante de renovación y de futuro, que es lo que necesita el PP. Elegir a la ex vicepresidenta del Gobierno sería una vuelta al rajoyismo, pero sin Rajoy. Y entronizar a Casado supondría un viaje aún más largo hacia el pasado, para volver al aznarismo, cuando ya el propio Aznar reniega del PP. Todo indica que el que salga de este congreso será un líder de transición, porque quien representa de verdad una opción ganadora, integradora y de cambio no se ha presentado a esta carrera. Lo que no quiere decir que no lo haga en el futuro. Pero así, mientras el PP, con 137 diputados, mira al pasado y a su propio ombligo, el PSOE, con solo 84, ya ha impuesto el zapaterismo en España en apenas un mes.

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