El día de Luka Modric


En contra de lo que decía Agamenón, la gloria de las batallas del fútbol es para los soldados, y no para los reyes. Cuando mañana caiga el telón del Mundial, los vencedores verán sus coronas de laurel repetidamente reflejadas en los espejos virtuales, al tiempo que descansarán del fragor guerrero en embarcaciones de ensueño sobre el cobalto de mares escondidos. El fútbol se ha convertido en la nueva religión de las masas. Claro que parafraseando al polémico Pérez Reverte se podía decir que nunca como ahora fue tan difusa la frontera entre el deporte y la gilipollez. Tras el fiasco de los dragones, como Brasil, Alemania, Argentina, o la propia España, que iban a devorar vivas a las escuadras de relleno y se ahogaron en su propio fuego a las primeras de cambio, la silenciosa Croacia se plantó en la final. Y se las verá con una Francia cargada de ADN africano. El puño humilde que acaba erguido en la cima de una montaña de chatarra formada por los escudos de los derrotados. Y en medio de ellos, Luka Modric, el niño de Zadar, un desplazado de la guerra que sobrevivió con otros refugiados. Siendo rapaz, su abuelo y otros seis civiles de su entorno fueron ejecutados por los rebeldes serbios. No hay dolor más inquietante que la injusticia infligida a un niño. Víctimas de la barbarie irracional que nunca pudieron cumplir la ilusión de calzarse unas botas de fútbol. Los Emmett Till, asesinado por la furia racista, o los Aylan Kurdi, cuya inocencia quedó ahogada al borde de la arena mediterránea, nunca verán la luz cegadora de un estadio lleno aplaudiéndole. Cierto es que el que más o el que menos tiene una historia difícil detrás. Mañana será el día de Luka Modric. El triunfo de una esperanza.

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