Se le atribuye a Alfonso Guerra la idea de representar al Partido Popular de Aznar con un dóberman en blanco y negro en un vídeo electoral de 1996. Fue en el mundo pre-Twitter pero aquellos segundos en blanco y negro y aquel eslogan de la España en negativo de Aznar arrasaron en una campaña que un Felipe González amortizado no consiguió remontar pero que arrebató al primerizo Aznar la mayoría absoluta que le concedían las encuestas. En realidad la idea fue de Cipriá Ciscar, coordinador de aquella última campaña de la era Glez., que abandonó al fin la Moncloa sin el puntapié electoral que merecía. Son muchos los que atribuyen a aquel pobre dóberman los apuros de Aznar para arrasar. El propio Felipe se despidió del poder convencido de que hubiese podido seguir podando sus bonsais en Moncloa con una semana y un debate electoral más. En cuanto a Aznar, estuvo a punto de sufrir una tesis muy respetada en la politología local: las campañas no sirven para ganar elecciones pero pueden conseguir que las pierdas.

Que sepamos Ciscar no ha fichado por este PP a tortas, pero el fantasma del dóberman se le ha aparecido a Soraya en esta campaña tan entretenida en la que andan los conservadores. Un dóberman que como el Cerbero muerde con tres cabezas: la de Arenas, la de Montoro y la de Celia Villalobos y que ladra, por cierto, con acento andaluz. El pizpireto Casado se ha desentendido de la gamberrada pero como en los chistes de Gila alguien ha matado a alguien y el muerto cheira a Soraya. Para los que andamos en esto de espectadores, conmueve comprobar qué bien se odian los compañeros de partido y qué claro tienen las cosas que hacen mal, aunque el resto del tiempo lo nieguen en un ejercicio de cinismo institucionalizado que considera que el ciudadano es idiota. Tenía razón Ciscar: había un dóberman en el PP y ahora muerde a los suyos.

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El dóberman