Esos pequeños cambios


Anuncian por la tele un café con leche instantáneo que se auto calienta si lo agitas, lo publicitan bajo la bondad de una rapidez que nos ahorra tiempo, pero es todo lo contrario. Cuando aprietas a correr no puedes perder el ritmo y sigues corriendo igual o más; al patinar sobre una fina capa de hielo hay que ir muy rápido porque si te paras te hundes. «¡Corramos!» gritaba Groucho. «¿A dónde vamos, jefe?», decía el otro. «No lo sé, pero ¡corramos!».

La molicie del prêt à porter se expande a todos los ámbitos de la vida. En realidad compramos comodidad, no tiempo, una comodidad muchas veces falsaria, porque no sabe igual ni tiene la misma temperatura un café con leche calentado en un pocillo que en un microondas y el argumento del tiempo no alcanza los diez segundos; sin embargo, pierde terreno el pocillo porque hay que lavarlo.

Así de crítico estaba, hasta que caí en la cuenta de que la noche anterior había cenado un bacalao al pil pil precocinado riquísimo que sólo me entretuvo tres minutos de micro; además, para almorzar había tomado un gazpacho con taquitos de jamón todo de bote y llevaba la semana entera desayunando un bollo de yogurt de hipermercado.

Me asaltó el pánico y la nostalgia al tomar conciencia de que hacía años que no entretenía un pil pil a muñequilla, que no me hacía gazpachos deliciosos en la thermomix y que nunca me alcanzó la vergüenza como para dejar de engatusar a algún amigo o amiga repostero para que me hiciera un bollo con un par de huevos de verdad.

Es más sabroso y lo pasaba mejor, son tiempos ganados poder disfrutar cocinando con calma, alternando el vino con el acero y la música; pero el mercado y la publicidad nos lo han robado, han conseguido cambiar nuestros ritmos y nos han pretaporterizado. Tontos nosotros por dejarnos camelar.

Ahora que me fijo más he descubierto que hay de todo, hasta las técnicas más párvulas de la cocina como picar cebolla, partir una piña en trocitos, limpiar una lechuga o hacerse una tortilla te las dan hechas; me temo que consumirlas cotidianamente supondrá perder habilidades fundamentales para poder vivir libres, igual que saber coser un botón, lavar a mano o hacerse un café recién molido en una italiana despreciando el omnipresente aluminio en cápsulas.

Son estos cambios cotidianos los que se introducen en la vida y te acaban cambiando. Todas las destrezas, todos los circuitos cerebrales esculpidos durante generaciones para alcanzar una habilidad, se dinamitan cada vez que enciendes un microondas.

Se abren otros mapas cerebrales pero créanme, no tienen nada que ver con el verdadero tesoro.

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