En busca de Bergman


Escritor y periodista

Suecia tiene dos almas, y ambas se resumen en la isla báltica de Gotland. Allí, en la parte sur, en una arcadia de pastos verdes, casas de madera con jardín e iglesias pintorescas, se rodó la serie Pippi Calzaslargas, la celebración optimista de la vida a ojos de los niños. En cambio, en el norte, en la pequeña isla adyacente de Fårö, donde el paisaje es solitario, ventoso, de roca y arena, rodaba Ingmar Bergman sus desoladoras parábolas existencialistas.

A esa isla de Fårö nos dirigimos un día, hace algunos años Pilar y yo en busca de Bergman, de quien, precisamente, se cumplían ayer cien años de su nacimiento. Íbamos en busca de su fantasma, porque Bergman había muerto poco antes, dejando como legado esa filmografía que es una vasta indagación de la soledad del individuo ante el misterio de la existencia. Era más una idea de Pilar que mía. Nunca he estado seguro de si me gustan las películas de Bergman, o, mejor dicho, si me gusta verlas: demasiado dolorosas, demasiado inquisitivas. A él también se lo parecían. Sufría haciendo cine, decía, a pesar de que era una pasión que había adquirido de niño, cuando le había dado a su hermano la mitad de sus soldaditos de hojalata a cambio de una linterna mágica, un tosco proyector de sombras.

En Gotland, al bajarnos del ferry de Estocolmo, alquilamos un coche y nos dirigimos hacia Fårö. Bergman había descubierto esa isla durante el rodaje de Como en un espejo y, a partir de ahí, no solo había vuelto a rodar con frecuencia, sino que se había quedado para siempre. Se compró una casa, un camión rojo para desplazarse por la isla y se hizo construir una sala de proyecciones en el granero, donde veía sus filmes favoritos en pases privados. Cada vez que sus compromisos se lo permitían, volvía a recluirse en su pequeña isla apartada, como la versión estética e inofensiva del malo de las películas de James Bond.

En vida, Bergman era muy celoso de su soledad, y se cuenta que los vecinos de Fårö, para ayudarle, se divertían confundiendo a los turistas con direcciones equivocadas o fingían que no sabían dónde estaba su casa. No es así ahora. Su tumba se encuentra fácilmente. Es sencilla, llamativamente austera, a ras de tierra. Por cierto, que la excavaron en secreto los vecinos para darle sepultura al cineasta antes de que la prensa se enterase. Eran también instrucciones suyas: el gran director de escena quiso también dirigir su propio funeral. Luego fuimos a ver su museo, que nos decepcionó. Como sucede tantas veces con esta clase de sitios, estaba el esqueleto de la obra sin la esencia del autor. ¿Dónde encontrarla?

Emprendimos el viaje de vuelta a lo largo de las carreteras sin asfaltar. A los lados del camino se sucedían las granjas aisladas, los oscuros bosques de pinos que agitaba el viento inclemente, las playas desérticas, la vegetación púrpura y amarilla punteada de fresas salvajes, los rauks: rocas pulidas por las glaciaciones hasta transformarlas en un paisaje metafísico. Entonces, empezamos a reconocer todos los lugares que aparecen en sus películas: el ferry en el que viaja el protagonista de La vergüenza, camino de la guerra… El paisaje rocoso, desesperado, que anuncia el descenso a la locura de la protagonista de Como en un espejo… La playa que recorren las dos actrices, casi idénticas, de Persona, contemplándose entre los misteriosos rauks, como árboles de un bosque petrificado. Así que al final, después de todo, sí habíamos encontrado a Bergman: en realidad, estaba en el alma del paisaje.

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