La guerra de Trump


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pasó por Europa como un huracán. Arrasó cada palmo de tierra que pateó. Abroncó a sus socios de la OTAN y les exigió que gastaran más en defensa: hasta un 4 % del PIB, llegó a decir, lo que en el caso de España significaría un volumen de recursos similar al que se destina a educación. Regañó a Angela Merkel por la dependencia de Alemania del gas ruso. Humilló a la británica Theresa May, sugirió su relevo por el exministro Boris Johnson -que «tiene lo que hay que tener»- y le propuso que, en vez de negociar el Brexit, demandara a la Unión Europea. Y culminó su gira, antes de dirigirse a Helsinki para sellar la paz con su amigo Putin -«la guerra fría ha terminado», dijo este al final de la velada-, con una declaración de guerra caliente: «La Unión Europea es un enemigo de Estados Unidos por lo que nos hace en comercio». Y redoblaron los tambores de guerra.

En realidad, hace meses que Trump inició las hostilidades. Sucedió cuando levantó barricadas -que acabaría desmontando parcialmente- para restringir el acceso del acero y el aluminio europeos al mercado estadounidense. O cuando, más recientemente, impuso aranceles por valor de 34.000 millones de dólares a determinadas mercancías chinas. Pero esos no fueron sino los prolegómenos de la guerra total con que amenaza y que Trump pretende desarrollar en tres frentes. Guerra contra Canadá y México, sus socios del Nafta. Guerra abierta contra China, a la que acusa -no sin parte de razón- de dumpin y piratería tecnológica. Y guerra contra la Unión Europea, «posiblemente tan mala como China, solo que más pequeña».

Los argumentos de Trump para emprender su cruzada recuerdan los esgrimidos por Bush en la guerra de Irak. Las armas de destrucción masiva que supuestamente manejan sus enemigos han pulverizado la balanza de pagos estadounidense. Más del 60 % de su elevado déficit comercial -376.000 de casi 600.000 millones de dólares- se lo ha infligido China. La Unión Europea le ha endilgado otra cuarta parte del desequilibrio comercial, unos 150.000 millones de dólares. Con esos datos, falsos y utilizados de forma torticera, ha perfilado Trump su discurso proteccionista y su pretexto para la guerra. Como si los desequilibrios de la balanza comercial nada tuvieran que ver con la productividad y competitividad de un país y fuesen causados, exclusivamente, por las prácticas desleales de los demás.

Donald Trump supone un serio peligro para la humanidad. Quien afirma que «las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar», o bien no está en sus cabales o bien demuestra una supina -y peligrosa- ignorancia. Las guerras comerciales son casi siempre destructivas y muy rara vez, a diferencia de las guerras convencionales, queda en pie algún vencedor para contarlo. Generalmente todos pierden, aunque unos más que otros. Pero en el contexto actual, con Europa aún convaleciente de la Gran Recesión, la guerra de Trump no sería destructiva: sería, simplemente, catastrófica.

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