Trabajar cansa


El irlandés Robert Tressell eligió ese apellido porque es la forma de pronunciar trestle, que es el caballete o mesa de empapelador, el oficio con el que se ganaba la vida: empapelador, decorador y pintor de casas. Evidentemente, no eligió un pseudónimo para ponerse a pintar paredes.

El seudónimo lo utilizó para escribir su novela «Los filántropos en harapos». Su nombre real era Robert Noonan. Publicada en 1914, la novela retratra cómo vivía la clase obrera en la costa sur de Inglaterra, es decir, terroríficamente explotada por patrones sin escrúpulos y rodeada de corrupción a todos los niveles. Es un libro teñido de realismo y, claro, de socialismo. De ahí que empleara un seudónimo, no quería que le cruzaran por sus ideas radicales. George Orwell era un reconocido admirador de la obra de Tressell, y hasta hace poco nunca se había publicado el libro en España. Mientras leía sus páginas, me ponían los pelos de punta algunas de las conversaciones de los personajes y algunas situaciones. Trabajé muchos años pintando casas, y dolía ver que, aunque afortunadamente las cosas han cambiado, no lo han hecho tanto en muchos aspectos. Algunos de los diálogos de la novela podrían trasplantarse a la actualidad sin ningún problema. Una de las cosas que admiro de esta obra es que, a pesar de sus evidentes intenciones políticas, sus páginas huyen del vulgar panfletismo que podemos encontrar en, por ejemplo, algunas obras de Gorki u otras de Vasili Grossman anteriores a «Vida y destino».

Más o menos por la época en que se publicó en España la obra de Tressell, la misma editorial publicó «Historias de la cadena de montaje», de Ben Hamper, un libro de memorias sobre el trabajo en la cadena de montaje de autobuses y furgonetas de General Motors en Michigan. El ilustre remachador Ben Hamper cuenta, con una prosa sin florituras, cómo era el día a día en la monstruosa factoría, y cómo en ella se trabajaba mucho en una época en la que los buenos sueldos y el trabajo seguro y bien pagado ya estaban tocando a su fin, y cómo se consumían drogas legales o ilegales en un ambiente opresivo y asfixiante para hacer más llevadera una existencia gris. Hamper es un tipo curioso, un blanco de clase obrera que se movía por los ambientes musicales punk más underground. El libro da una imagen terriblemente negativa de General Motors, y en ocasiones es absolutamente hilarante. Con el tiempo, Hamper vio cómo sus columnas se publicaron con cierto éxito en Mother Jones y Harper, y llegó a ser una pequeña celebridad mediática.

He elegido estos dos libros porque son fáciles de encontrar en muchas librerías, y también porque sus autores son curritos. Son de clase obrera, y narran los problemas de su clase. Aunque algunos prefieren, cuando hablan del desapego de la clase obrera hacia la clase política, recurrir al ultraderechista Jim Goad y su «Manifiesto redneck» o al ya manido «Chavs» del actualmente incomprensible e insulso Owen Jones, hace tiempo que ni uno ni otro están en mi cabeza cuando intento congeniar mi condición obrera con la literatura.

Creo que nadie publicaría nada escrito por un obrero en España. No hay lugar para un Tressell o un Hamper aquí. Las incursiones literarias en la vida de los obreros son más bien escasas en nuestro país, y en general, en cualquier formato artístico en el que se nos retrate, no soy capaz de reconocerme ni de reconocer a nadie de los que me rodean. Nuestra España no es de hacer estas cosas. Aquí somos más de publicar libros que hablen de nosotros pero sin nosotros, una especie de obrerismo-despotismo, pero sin Ilustración que ilumine, un interminable diálogo sobre si la identidad de las clases bajas es así o asá, sobre si su cultura es más de los Chichos o de Iron Maiden, esas cosas. Se perpetran conferencias y se exponen pensamientos de verbo florido en redes sociales y medios digitales, casi siempre con los mismos autores, mientras los obreros con ciertas inquietudes artísticas o lo que sea, miran el insultante espectáculo como las vacas viendo pasar el tren.

No es que no existan personas capaces de escribir sobre nuestra realidad obrera habiéndola vivido, entendedme. Es que publicarlas implicaría que, de alguna manera, vieran algún beneficio, y en este pastel no hay cabida para eso. Los trabajadores peor formados, los que carecemos de estudios superiores, hemos pagado la última crisis, somos los más perjudicados por ella y quienes más estamos sufriendo sus consecuencias, lo que ahora llaman algunos los perdedores de la globalización, pero cuando uno mira las ficciones españolas, estamos totalmente ausentes o representados por caricaturas, por personajes estúpidos que albergan demasiados vicios y muy pocas luces. Los autores y presuntos intelectuales habituales que suelen hablar con intención política sobre la clase obrera, no son de la clase obrera más pobre, ni tienen un futuro desolador por delante. Algunos incluso viven de ello, de hablar de lo que nunca han sido ni llegarán a ser. Porque lo que nunca acaban de comprender es que nadie quiere ser de clase obrera. Ser de clase obrera es una de las peores cosas que te pueden tocar en la vida. Nadie en su sano juicio quiere serlo porque se vive mal. No te pasas el día presentando libros ni sentado hablando de cambios sociales que vete tú a saber cómo se pretenden llevar a cabo. Cualquier intento que hagas de obtener un ingreso adicional con alguna otra cosa que sepas hacer además de doblar el lomo, es absolutamente inútil. Sé que no es que nadie te quiera escuchar o leer, es que nadie quiere publicarlo, editarlo, grabarlo. No estás en el mundillo, ese mundillo superpoblado de pensadores de lo tuyo para lo suyo.

Mi pensamiento está un poco a medias entre Tressell y Hamper. Por un lado, siento la ilusión de algún cambio político que mejore las condiciones materiales de los trabajadores, como Tressell, pero por otro, cada vez mayor, que va avanzando sin remedio a medida que cumplo años, siento el desencanto de Hamper y puedo tocar y compartir ese cinismo del que hace gala en su libro, ese desprecio por lo que significa trabajar no en lo que quieres ni en lo menos malo, sino donde te dejan, esa hartura sin fin. Pero al menos, en la turbia, antiobrera, clasista y no sé qué infiernos en la Tierra que dicen que es Estados Unidos, él ha podido sustraerse de todo aquello, algo que comparte con el ultraderechista Jim Goad y algo notoriamente improbable en mi país para alguien sin estudios superiores.

Hay un pasaje en el bellísimo libro «Paseos con mi madre» de Javier Pérez Andújar, en el que el autor cuenta cómo, cuando era adolescente y salía del barrio marginal donde creció, la policía detectaba con un olfato infalible que él no pertenecía a la Barcelona más de clase media y más cool, y le pedía la papela y le preguntaba qué hacía allí. Con muy pocos pasajes de la literatura española me he sentido tan identificado como con ese. De chaval, íbamos al cine los miércoles, el día del espectador, y al volver al barrio, ya de noche, la misma pareja de policías de paisano, exactamente la misma, casi todas las semanas, se bajaba del coche y nos cortaba el paso para registrarnos y pedirnos la documentación. Aunque jamás nos pillaron en nada, ni ninguno de nosotros tenía antecedentes o juicios o búsquedas, todas las noches de miércoles que volvíamos al cine estaban allí, a la espera. Para mí, eso es lo que significa ser de clase baja. Estar desubicado cada vez que te alejas de tu zona. Y los que no viven en ella, de una u otra forma, están ahí para recordarte que tu lugar es el que es, y que tus deseos no están ahí para cumplirse ni en su mínima expresión. Que otros hablarán de ti, que te dirán qué es y cómo es ser de clase obrera como Dios manda: calladito, dúctil, esperando a que los otros te juzguen y los ungidos te salven. Poco importa que las esperanzas se derrumben a tu alrededor o que tus condiciones materiales se deterioren.

He escrito parte de esta columna en las pausas para el almuerzo del taller donde trabajo. Uno de los días fui a comer con la ropa totalmente mojada debido a la pistola de agua a ligera presión que utilizo para limpiar piezas que posteriormente inspecciono. El agua en la ropa y el sol de julio han comenzado a irritarme sobre la piel, todo ello mezclado con el sudor que recorre cualquier rincón de mi cuerpo durante seis horas. Me he sentado a la mesa y he notado que los párpados podían vencerse en cualquier momento, y me ha costado hasta sostener el tenedor. Tengo los antebrazos manchados del líquido que utilizo en las inspecciones, y las manos me huelen a metal mecanizado por mucho que me las limpie. Mientras escribo, las letras en el móvil se hacen borrosas y sé que al llegar a casa tendré que repasarlo en el ordenador para evitar posibles errores y faltas de ortografía y que tendré que hacer muchos esfuerzos para no caer dormido. Las botas de seguridad me están destrozando los pies, y en estos instantes siento como si tuviera veinte años más de los que tengo. Trabajar cansa, procurad evitarlo. 

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