La corrupción de la palabra


Sin mirar más atrás, gran parte de lo que le pasó a José Luis Rodríguez Zapatero fue que en la oposición prometía talante y transparencia y acabó reformando la Constitución de tapadillo. Gran parte de lo que le pasó a Mariano Rajoy fue que en la oposición prometía rebajar impuestos y lo primero que hizo al llegar al Gobierno fue subirlos. Y gran parte de lo que le empieza a ocurrir a Pedro Sánchez es que en la oposición prometió publicar la lista de la amnistía fiscal, y a los 45 días de gobernar dice que publicarla sería prevaricación. Sirvan estos detalles como ejemplo de las causas de la pérdida de credibilidad de la clase política: se le da muy bien la promesa, el llevar la contraria al gobernante para ganar titulares, pero al final acaba haciendo lo mismo que su antecesor.

¿Y saben por qué? En muchos casos, por pura frivolidad. Se piensa en el lucimiento personal del momento, se busca el impacto mediático y se ignora olímpicamente el rigor, incluso la veracidad, de la información que se maneja. Cuando llega la responsabilidad de gobierno, se cambia de criterio con pasmosa facilidad, se argumenta que el Ejecutivo anterior había ocultado datos o se apela al cambio de circunstancias. Y no ocurre nada. Los reproches periodísticos se reciben con menosprecio y a las acusaciones en el Parlamento no se responde. Esto también es corrupción; corrupción del valor de la palabra.

Y ocurre algo peor, que es la ignorancia: es triste decirlo, pero algunos políticos no conocen las leyes. Se acaba de demostrar en la polémica sobre la citada amnistía fiscal. Ahora Pedro Sánchez ya sabe que hay una ley, aunque demostró ignorar que es la Ley Tributaria, que prohíbe publicar datos de los contribuyentes y que esa norma se modificó para publicar nombres de morosos. Pero no le sucedió solo a él. Le sucedió a Albert Rivera, que, por arrinconar a Sánchez, lanzó la sospecha de que la lista se oculta quizá porque contiene algún nombre socialista. Y le sucedió a la portavoz de Podemos, que no podía desaprovechar la oportunidad de plantear si estaría el rey Juan Carlos I.

A todos ellos habría que aplicarles aquel principio cínico: no dejes que la existencia de una ley ni la comprobación de la verdad te estropee un bello discurso de oposición. Y habría que advertirles: esto ya no es lo que era. Ahora los archivos recuerdan en segundos lo que dijeron hace años. Ahora se machaca a una persona de relieve simplemente hurgando en sus declaraciones, en sus tuits y en sus discursos. Y hasta ahora disfrutaron de una gran indulgencia de la sociedad. Pero esa indulgencia se agota. Y cuando se termine de agotar, dejará ver un paisaje político de ignorancia, frivolidad y falta de previsión. Resultado: pérdida de credibilidad.

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