Todo lo que esté a la derecha de la izquierda


Aznar pide un PP que ocupe todo lo que esté a la derecha de la izquierda. Y Casado se hace un Rivera repitiendo lo que los mayores digan con cara de hágase en mí según tu palabra. Y a los demás se nos viene a la cabeza el estribillo que se repetía en los cómics de Astérix cuando se decía que Julio César había conquistado toda la Galia. ¿Todo lo que está a la derecha del PSOE? ¿Todo todo? En pleno 18 de julio, con la Fundación Francisco Franco pidiendo otro alzamiento, el prior del Valle de los Caídos bendiciéndolos y más por encima de la ley que un Borbón y con Hazte Oír hablando por los codos, ¿todo todo lo que está a la derecha del PSOE? Siempre se dice «todo» para enfatizar una esquina de ese todo. El PSOE sube en las encuestas en parte por atrapar el voto moderado. Pero no es esa esquina la que quiere enfatizar Casado. Casado y Aznar piensan en Vox porque asumen que tiñendo al PP de Vox tampoco se alejan de Rivera. C’s le come la tostada al PP por la unidad de España, sus medidas ultraliberales se plantean sin complejos, en Cataluña también sin complejos se echa a dormir después de ganar, Aznar ve a Rivera más «relevante» que nadie y además C’s no ofenderá a la Iglesia y tiene la memoria histórica llena de enciclopedias escolares de color azul. O sea, que no es la esquina opuesta a Vox. Con un máster en Aravaca de media hora estas cosas se pillan enseguida.

Casado quiere presentar a Soraya y a Rajoy como mercaderes sin valores ni ideología y al PP con un partido invertebrado sin forma. Sólo con la ideología suya de siempre (¿en qué época empieza «siempre»?) y bien prietas las filas el PP volverá a ser España. Casado y Aznar creen que, tomando a Vox como una especie de concentrado de PP y dándole el músculo electoral del PP propiamente dicho, conseguirán que el debate político tenga como trinchera la unidad de España, el terrorismo, el aborto, los derechos escolares de los católicos y el olvido de la guerra y la dictadura. Y que nos olvidaremos de lo demás. Cuando la ideología se basa, por un lado, en lo que es obvio por común y, por otro, en lo que no se puede confesar abiertamente, los argumentos tienden a ser chuscos y por eso se busca camorra y griterío. Su plus de patriotismo se basa en la dificultad que tenemos los demás en alcanzar la sobreactuación bufa de los símbolos nacionales que ellos interpretan en sus performances. Su tenacidad contra ETA es pintoresca cuando ya no hay ETA. Tiene que basarse en cosas como «las ideas» de ETA que siguen por ahí sueltas, o quizá su olor. Es llamativo que se oiga desde el ala más derechista del PP y hasta desde las víctimas del terrorismo que ETA está más viva que nunca, porque «sus ideas» siguen vigorosas. Recuerdo cómo me asombraba que Arzallus afirmara la legitimidad de Lizarra sumando el apoyo nacionalista pacífico y el apoyo explícito a ETA, como si matar y no matar pudieran ser sumandos del mismo conjunto; y la frivolidad de cierta izquierda que, con su «altura de miras» y su circunspección ante «lo complejo» de la situación, no percibían el abismo entre el tiro en la nuca y cualquier otra cosa. Y ahora es la derecha que se proclama antiterrorista y algunas víctimas las que nos salen con que, aunque ya no se mata, ETA está más viva que nunca, como si lo grave no fueran los muertos sino «las ideas». Los derechos de los católicos están tan a salvo que todavía la ley establece que su clase de religión debe obligar a los demás al castigo de una asignatura árida e inútil. Quizá podrían también pedir que se cierren los bares en domingo a la hora de misa, para que la misa no tenga la competencia injusta del vermú. Y, finalmente, con la memoria histórica también tienen que fingir y hacer como que es un tema menor. Casado se refiere al asunto de tanto cadáver en cunetas y tanto monumento en memoria del dictador como un «monotema» que le aburre. Y cuando tiene razón, hay que dársela: todos los temas, tomados de uno en uno, son monotemas. Los másteres de Harvard mejoran el talento para lo obvio.

Lo cierto es que los gobiernos de Rajoy fueron más radicales de lo que empresarios o Iglesia llegaron a imaginar nunca. Sáenz de Santamaría no representa una opción templada, que se lo pregunten a los jueces de la Gürtel. Se enfrentan dos estrategias. Normalmente, la ideología es cosa de la izquierda y el voto identitario también. Es imposible conocer a un progre y no saber que es progre, el izquierdismo es parte de su interfaz social. Los conservadores más normales son de derechas como otros  coleccionan sellos, una afición que no sale en las conversaciones. La gente que vota a la derecha no suele hacerlo por ser de derechas, sino por cosas más transversales como la eficacia, el realismo, la tranquilidad, la seguridad o cosas así. La izquierda es la que necesita ideología hasta el punto de que la izquierda más segura de sí misma vota lo que pueda decir al día siguiente que votó como tarjeta de presentación ideológica. Por eso es tan dada a este galimatías por el que se pueden llegar a juntar como opciones distintas las Mareas, los Comunes, Compromís, Podemos, IU y Actúa, y todos porque no encajan aquí o allá o porque su identidad histórica no se ve nítida o zarandajas y bromas pesadas parecidas. Podemos 1.0 había llegado a la conclusión de que era mejor no vender ideología y hablar de las cosas que le pasan a la gente. Visto el precedente del 15 M, Nunca Mais y similares, la percepción era correcta si hubieran reparado en el detalle de que ninguno de esos movimientos verbalizaron lo que de hecho hacían. No utilizar la ideología como argumento era correcto para entenderse con los jóvenes, pero expresarlo y proclamarse ajeno a derechas o izquierdas era un ruido. Pues Casado y Aznar quieren hacer el camino inverso. Quieren que la derecha tenga ideología explícita, un credo con nombre y unos principios que se defienden en nombre de la ideología. Santamaría es tan de derechas como ellos, pero prefiere lo que hacía Podemos, dejar la ideología fuera del discurso. Eso no quiere decir que no haya ideología, vaya que la hay. Es una cuestión táctica, aparentemente correcta porque el voto ideológico identitario es cosa de izquierdistas con una mochila llena de luchas, manifestaciones y testimonio. Pero la táctica de Casado y los peperos con sabor a Vox también tiene su ventaja. Sus votantes no los apoyarán por sentirse y decir de sí mismos que son de derechas, pero ellos no son como los progres, que no votan si su voto no expresa su ideología. Los pueden votar igual por sus razones transversales de seguridad, sensatez y demás y la ideología explícita puede servir para lo que dije antes: para que sea el aborto, la unidad nacional, la bandera, el terrorismo y similares la trinchera política, para armar bronca y para no reconocer del país y de la historia a cualquier oponente político. La amenaza de C’s es muy real y Cataluña sigue agitada. Probablemente un PP ideologizado y facha puede ser más reconocible que un PP más educado. Probablemente le haga más daño a Rivera Casado que Sáenz de Santamaría y probablemente lo mejor para el PP sea lo que haga más daño a Rivera.

En todo caso, no olvidemos lo más valioso de ideologizar al PP. Exhibir ideología explícita arma más bronca porque hace más fácil el discurso de negar lo que es común a los demás y porque moviliza a sectores ultraconservadores, toda esa morralla de asociaciones franquistas y ultracatólicas que esparcen odio y malos humores de nuestra historia. Y la bronca tiene el valor de que no pensemos en lo demás. Lo demás ahora es que tenemos un gobierno del PSOE aplicando los presupuestos de Rajoy, «salvo alguna cosa», y una agitación en el PP que no ve a Rajoy bastante de derechas. La batalla del Valle de los Caídos, RTVE y similares no oculta que la línea de debate político separa valores conservadores por los dos lados. No basta con que la izquierda no vaya más allá que Rajoy. La izquierda tiene que desenmascarar y desmantelar a Rajoy y el PSOE, por el papel que le toca, tiene que dejar de tener miedo a su ideario y a su propia sombra.

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