Una anomalía del sistema mediático

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Si todos los medios de comunicación de España coinciden en decir que Toledo es un compendio inigualable de arte, historia y cultura, no es necesario suponer que tal coincidencia es resultado de una manipulación impuesta, porque, siendo evidente la veracidad de lo dicho, cabe la posibilidad de que todos coincidan en ello sin haberse compinchado. Pero si eso mismo se dijese de Getafe, por ejemplo, sería inevitable recurrir a la manipulación interesada como explicación del suceso, porque la coincidencia en la mentira no se puede producir por simple casualidad.

Lo mismo sucede con la información política, donde es fácil que todos coincidamos en que la inmigración a través del Mediterráneo es una tragedia que interpela a toda Europa, pero no se puede explicar, si no existe una manipulación conspirativa, que casi todos coincidan en que el hecho de que concurran dos candidatos al congreso del Partido Popular, y de que los compromisarios opten libremente, sea equivalente a una fragmentación del partido. Porque la idea de que la competición democrática equivale a una ruptura de la base social es contradictoria e insostenible, y porque no es posible imaginar una votación democrática sin que haya al menos dos candidatos que creen en su victoria electoral y aspiran a hacerla efectiva. Si la única forma de mantener la unidad del partido fuese la candidatura única, estaríamos propugnando un congreso «a la búlgara», que es lo que toda la progresía mediática parecía exigirle al PP.

Dentro del modelo definido para elegir al sucesor de Mariano Rajoy, hay que reconocer que el comportamiento del Partido Popular ha sido ejemplar, incluyendo en ello la eliminación de los dedazos y el mantenimiento de una corrección de campaña difícil de superar. Pero nada de eso fue óbice para que llevemos quince días asentados en un modelo de información casi unánime que, desde el mismo momento en que terminó la primera vuelta, se ancló a la idea de fragmentación y enfrentamiento de modelo, sobre la falsa y deleznable idea de que el hecho de tener dos candidaturas, o de que los compromisarios no voten todos al mismo, o de que Rajoy no interviniese en la contienda, equivalía, en vez de a una elección democrática, a una voladura incontrolada del partido más grande y mejor integrado de España.

Y esto no pudo suceder sin una de dos: o que haya habido una conspiración mediática destinada a embrujar a la opinión pública y a presentar la democracia al revés de lo que es, cosa que sería muy grave; o que tengamos un nivel de incompetencia mediática de tal magnitud que, lejos de observar la realidad y contarla, se limita a hacer seguidismo de la primera chorrada que aparece en pantalla, sin que nadie se atreva a escapar de su propio laberinto, cosa que sería incluso mucho peor. La teoría sostiene que la calidad de una democracia que se considere avanzada no puede ser superior a la de su sistema mediático. Y por ahí deberíamos buscar, me temo, una explicación cabal a lo que nos está pasando.

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