El rictus amargo de Rajoy quedará para siempre como el final de una época. En eso el expresidente cumplió bien la tradición; una extraña coincidencia ha proporcionado a todos los líderes conservadores epílogos agrios que oscurecen la última foto de su poder. Le pasó a Fraga, en aquella campaña del 2005 que fue la de un anciano que farfullaba y se tambaleaba; le pasó a Aznar, a quien el 11-M quebró de forma sangrienta sus pronósticos imperiales, y le ha vuelto a pasar a Rajoy a quien recordaremos más por las lágrimas que fabricó Viri, envuelta en un pañuelo que parecía un sudario, que por esa flema galaica y ese discurso circular con el que afrontó su presidencia y que en los momentos más brutales de la crisis parecían los de un indolente. La moción de censura ha sido como una bomba de racimo con víctimas improbables hasta el día anterior, el primero Rajoy pero también Feijoo y Cospedal, desde ayer también Soraya, y puede que en el futuro el propio Casado, que ayer ganó pero quién sabe si puede acabar convertido en un Hernández Mancha, otro presidente de AP con un final desgarrador. El partido de la derecha española oculta en su interior una tendencia a la tragedia orgánica que frustra cualquier previsión de jubilación heroica. Antes de que llegase al Gobierno, alguien que conoce bien a Rajoy se figuraba que más que a atender el estrés brutal de una temporada en Moncloa a lo que Rajoy aspiraba era a ser un expresidente que escrutaba el mundo desde el orejero de su salón de Sanxenxo. Todavía era un hombre predispuesto a la placidez. Apelaba su amigo a ese gen disfrutón que le asomaba a la mínima al gallego y que una carambola histórica ha desdibujado de forma drástica hasta convertirlo en una mueca. A Rajoy le acompañará siempre esa amargura que le vimos en estas horas, ese contratiempo inesperado que a Aznar lo ha hecho antipático y a Rajoy, definitivamente triste.

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Rajoy está triste