Una decisión prometedora


El estruendoso relevo en La Moncloa ha amortiguado los ecos en el cambio de Gobierno de un conflicto de mayor profundidad, que enfrenta desde hace siglos a Estado y sociedad. Sus querellas, magníficamente analizadas por ESTEVE PARDO, explican gran parte de nuestra realidad. Y es que, siempre tras un equilibrio esquivo, sus colisiones vienen generando a lo largo de la historia ondas con una energía a la par destructiva y vivificadora. La decisión de Pedro Sánchez de elegir ministras y ministros que compaginan exitosas carreras profesionales con una escasa o nula experiencia política supone un guiño a la sociedad en esta lucha, permitiendo su entrada en la ciudadela estatal mediante la toma del órgano que comparte la dirección política con la cúspide de la Administración del Estado.

Sería cínico afirmar que, una vez lograda la hazaña, a los miembros del Gabinete solo les queda defraudar. Sin embargo, pese a su demostrada capacidad y, a buen seguro, empeño, la travesía ministerial promete mar gruesa tras el remanso estival. Especialmente, debido al iceberg político que ha venido en llamarse cuestión catalana. La misma exigencia social será otro factor a tener en cuenta para los nuevos ministros. No se trata solo de que el Gobierno se haya presentado como Némesis del de Mariano Rajoy, identificado en exceso con la corrupción. Es que la propia sociedad, encumbrados los suyos, extremará la ejemplaridad que les demanda. El caso de Màxim Huerta, empitonado apenas una semana después de haber tomado la alternativa, es un aviso inequívoco.

La apuesta de Pedro Sánchez por estos independientes supone una advertencia para los partidos políticos. Monopolizadores desde las revoluciones burguesas de la intermediación entre Estado y Sociedad, su labor ha ido perdiendo lustre durante los últimos años. Y es que, al igual que a otras estructuras de intermediación, les está resultando difícil ubicarse en un mundo en que las distancias, también entre el Estado y la sociedad, se han comprimido por la revolución tecnológica. La elección de recién llegados a lo público para el rango ministerial, habitual culminación de exigentes carreras políticas intramuros de las organizaciones, aporta un incentivo positivo para la adaptación de éstas, que favorecerá a perfiles menos apegados a la ortodoxia, pero con más atractivo para la sociedad. Esperemos que los partidos sean sensibles a este mensaje y no sigan el camino de Mercurio, flamante mensajero entre dioses y hombres, que, debido a su naturaleza fronteriza, acabo compaginando su tarea celestial con el patronazgo de mercaderes y ladrones.

La experiencia ha de servir, finalmente, para lograr que la sociedad madure su visión de la política y del ambiente en que se desarrolla. El nuevo Gabinete, en las antípodas de la política profesional, puede ayudar en esta tarea. En cualquier caso, como anticipa el filósofo I. BERLIN, la traslación de los conocimientos profesionales de los nuevos ministros no asegura que se desempeñen su nueva tarea con buen juicio político. Éste en un don que implica, sobre todo, capacidad para integrar una enorme amalgama de datos en perpetuo cambio. Una especie de contacto directo, casi sensorial con lo pertinente. Esperemos, por el bien de todos, que los elegidos por Pedro Sánchez dispongan de esta habilidad.

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