Pablo, no quiero dejar pasar más tiempo


Desde mi asumida posición de criticólogo irrelevante me gustaría no ser el último que te felicite por haber logrado alcanzar la presidencia de tu partido con un método que rechazas para las elecciones políticas en nuestro país: la «alianza de perdedores». Un nivel de coherencia propio de quien promete, a su vez, regenerar «de verdad» su partido mientras se golpea el pecho reivindicando con orgullo la historia de una organización cuyos antecedentes criminales requieren un duelo por los bosques que han tenido que talar para imprimir cientos de tomos de incontables casos judiciales.

Qué se puede esperar de alguien cuyo currículo hiede a fraude.

Si tenemos en cuenta que la ambición es inversamente proporcional a la ética, entenderemos mejor que para ganar hayas querido utilizar el terrorismo como una «bomba lapa» contra una compañera de partido. Y decía Dolores, con sonrisa impostada, en el Congreso Nacional del año anterior, que os lleváis todos muy bien, que quién puede pensar que los «populares» son como los Pimpinela de Vistalegre, que celebraban su propio congreso a poca distancia.

Alcanzada la cumbre después de una fulgurante ascensión, dopada con intereses que te rebosan copiosamente, agradezco esa sinceridad, no sé si mal medida, con la que has expuesto tu decálogo de gobierno. Con una altivez propia de la ideología del egoísmo que, por definición, nunca pretendió ser inclusiva, ni preocuparse genuinamente por quienes no comparten su visión competitiva del mundo: quien se queda atrás, se queda atrás. Así, en un alarde de frentismo, propones, en primer lugar, castigar penalmente determinadas expresiones legítimas de la voluntad popular para conectar con esa España de las banderas en los balcones que os exige la defensa de la unidad nacional; a continuación, la «regeneración de verdad» (no como las anteriores) y cambiar la ley electoral para beneficiar a tu partido y perjudicar a los demás; bajar más los impuestos a los que más tienen; favorecer a los colegios religiosos para evitar que el nuevo Gobierno abrace el adoctrinamiento educativo. No sigo; veo por dónde vas.

Me consuela pensar que este discurso tiene como propósito enardecer a la tropa, obviando que la concurrencia de estos eventos no es una muestra representativa de la población para la que aspiras gobernar, como no lo es la que acudió a Vistalegre a jalear a tu tocayo. Aunque también es cierto que cuentas con la ventaja del apoyo de la élite de los acaparadores de recursos, que ven en ti, como ven en Albert, a quien puede controlar, en su nombre, los resortes legislativos, ejecutivos y judiciales para conservar su botín a salvo de la creciente ralea del precariado. Esto supone una inversión ingente en una maquinaria discursiva que actúa tanto en el ámbito académico como el informativo, para que la gente siga creyendo que gobernar favoreciendo a los ricos es bueno para los pobres, y que la represión arbitraria nos hará más libres.

Confío, en cualquier caso, en que la gente se fije más en los hechos que en la palabras y observe los resultados de esas políticas en lo que sucede a su alrededor; así como en que la «orbanización» del Partido Popular no contamine a las clases populares, cuyo perfil medio es, todavía, más empático y solidario que el de algunos países vecinos donde se multiplican quienes creen que el egoísmo y el racismo les va a permitir conservar las migas que la aspiradora neoliberal de recursos va dejando a su paso.

Lo de combatir la ideología de género lo dejo para otra carta. No te molesto más, por ahora.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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