El techo de gasto, bajo las bombas

.

El Gobierno acaba de aprobar el nuevo techo de gasto para el 2019. Lo sitúa en 125.064 millones de euros, 5.230 más que este año, lo que supone un incremento del 4,4 %. El aumento cuenta con el visto bueno de Bruselas, lo considera compatible con el nuevo ritmo de reducción del déficit público, pero ese aval poco cuenta en la verbena política de la España actual. Todavía andaba la ministra Nadia Calviño colocando las vigas y pontones de la techumbre y ya se oía, en lontananza, el rugido de los bombarderos que amenazan con hacer trizas el techo presupuestario. Y no dudo que lo conseguirán, salvo intervención directa de los hados de la fortuna que parecen aliarse con Pedro Sánchez en situaciones límite. 

El nuevo techo de gasto -y sospecho que cualquier otro, alto o bajo, expansivo o restrictivo- disgusta a derecha e izquierda. A Unidos Podemos le parece «absolutamente insuficiente». Pablo Casado anuncia su oposición, porque ya los Presupuestos de Rajoy «eran suficientemente expansivos» (pronto ha olvidado el PP sus apelaciones a la responsabilidad del PSOE para sacar adelante el techo del 2016). Y el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, dispuesto a no ceder un palmo de terreno a su nuevo rival en el reino de la derecha, anticipa un no rotundo a esa ocurrencia sanchista que significa «subir los impuestos y disparar el gasto». 

Y a mí, ¿qué quieren que les diga? La expansión propuesta me parece moderada y me sabe a poco, especialmente si se compara con lo mucho que nos han quitado. Un incremento del 4,4 % no significa aumento real alguno, porque la economía crecerá tanto o más en términos nominales: el límite del gasto no financiero del Estado se mantendrá en una raquítica décima parte del PIB, tres puntos menos que al comienzo de la gran recesión. En la década comprendida entre el 2007 y 2017, la economía española creció en 83.000 millones de euros a precios corrientes, pero el techo de gasto del Estado se redujo en 25.000 millones. Supongo que estas cifras suscitan aplausos en la platea liberal, donde se dan cita los partidarios del Estado mínimo, y abucheos en el gallinero, donde se congregan los damnificados por las políticas de austeridad y los recortes del Estado del bienestar. Pero así son las cosas.

En la otra cara de la moneda están los ingresos, necesarios para elevar el techo de gasto y reducir el déficit. Y resulta que a nadie le gusta pagar impuestos. Cierto. Por eso mismo habrá que ver quiénes son los paganos y quiénes se escaquean. Echemos un vistazo a la década ominosa de referencia. La masa salarial es hoy inferior a la del 2007, porque hay menos trabajadores y con sueldos más bajos, pero el IRPF que grava las rentas del trabajo batió un récord de recaudación el año pasado. Los beneficios empresariales crecieron diez veces más que los sueldos y recuperaron con creces el nivel del 2007, pero la recaudación del impuesto de sociedades, que grava esas ganancias, cayó a la mitad. Pero sobre esto nada dicen quienes propugnan bajar los impuestos, aun a costa de dejar al Estado en cueros.

Valora este artículo

3 votos
Comentarios

El techo de gasto, bajo las bombas