Reparar los desperfectos


La primera misión que tiene el presidente del PP no será la de recuperar el Gobierno. Ni la de hacer frente a las causas abiertas por corrupción. Ni tampoco combatir la amenaza de Ciudadanos. Eso queda para más adelante. Lo urgente será reparar los desperfectos que presenta el partido y que se han incrementado de forma notable tras la celebración del congreso. Y no va a resultar nada fácil. Porque los daños que dejan una campaña excesivamente agresiva, los vídeos descalificadores; los comentarios ofensivos y hasta soeces en el propio cónclave hacia la perdedora y los reproches permanentes, no se solucionan con una declaración de unidad, integración y buenismo. Los casadistas dicen que a Santamaría, «ahora le toca hacer de buena, en positivo, pero seguro que en cuanto pueda nos hará algunas de las suyas». La desconfianza sigue en pleno auge. La guerra de Casado y Santamaría no se inició con la presentación de candidaturas. Es la misma que comenzaron hace casi una década Aznar y Rajoy. Son los marianistas contra los aznaristas. Es la guerra de los diez años.

Una vez que el pacto de perdedores se ha impuesto y Pablo Casado se hizo con la presidencia, su primera misión será la de reparar las grietas que se ocultaron tras mensajes de unidad, lealtad y amistad. Pero su retroceso electoral, el desalojo del Gobierno, unas primarias y un futuro incierto sacaron a la luz las cuentas pendientes que habrá que solucionar. Caminaron desde la mayoría del Gobierno a la soledad del desierto. Los rotos son incuestionables. La tarea no finalizó con la elección de un presidente joven y risueño que guíe al PP a la Moncloa. Ahora tendrá que realizar tareas de albañil y hacer horas extras para reparar los destrozos.

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