Ganar dinero no es un pecado

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La anécdota es conocida. En 1975, el general Otelo Saraiva de Carvalho, uno de los líderes de la revolución de los claveles, visitó al primer ministro sueco Olof Palme, considerado entonces un referente moral de la socialdemocracia en Europa. «Nuestra revolución va a acabar con todos los ricos», dijo el portugués. A lo que Palme, tristemente asesinado en 1986, contestó: «Es justo lo contrario de lo que queremos nosotros, que es acabar con los pobres». Casi 43 años después, sigue habiendo en Europa pretendidos socialdemócratas que insisten en que para acabar con la pobreza es necesario poner trabas y freír a impuestos a quienes ganan dinero. A «los ricos», en un lenguaje pedestre, entre los que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, incluye ya no solo a quien tiene éxito en sus negocios, sino a todo el que gana más de 45.000 euros, para los que anuncia un hachazo fiscal.

Llámenme loco, pero tengo bastante claro que los sueldos y el empleo bajan cuando a los empresarios les va mal y suben si les va bien. Y equiparar a quienes crean empresas, generan puestos de trabajo y aportan al bien común una parte razonable de sus ingresos, con los especuladores o con los que defraudan al fisco es, además de una estupidez, un mal negocio para España. A los primeros, mientras creen empleo e incrementen los salarios a medida que crezcan sus ganancias, no solo no hay que subirles los impuestos, sino bajárselos y ofrecerles ayudas. A los especuladores sí hay que hacerles pagar más. Y contra los defraudadores, hay que poner más medios. Pero convertir en pecador y sospechoso habitual a todo emprendedor que tiene éxito o a quien gana un buen sueldo porque tiene talento es la mejor manera de invitar a los que estén en esa situación en España a marcharse y a los que residan fuera a no invertir o trabajar aquí. Con ese método, es posible acabar algún día con los ricos, como quería Saraiva, pero no desde luego con los pobres, como pretendía Palme.

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