El papel del ciudadano en la democracia

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Cuando Aristóteles apostó por priorizar la funcionalidad de la Ciudad Estado -la polis- sobre la unidad y la fortaleza de Grecia, estaba pensando en la excelsitud de la democracia, cuya característica definitoria es el ejercicio del poder por los ciudadanos. Creía Aristóteles que el voto tiene que ser libre e informado, y que, si un ciudadano vota desde la ignorancia de las circunstancias y los problemas de la ciudad, su acto de votar equivale a un sorteo, y las posibilidades de que se alcance por esa vía el bienestar de la comunidad son ínfimas. Por eso, dada la dificultad de la época para recoger y transmitir la información con eficacia y regularidad, era necesario limitar el tamaño de la polis, para que todos tuviesen la posibilidad de formar sus opiniones y decisiones a través de la experiencia vecinal.

Los cambios operados en la democracia moderna -que pasa de ser directa a representativa, y posee fabulosos instrumentos de información-, han resuelto el problema del tamaño, al hacer posible la existencia de democracias con millones de votantes; pero no ha resuelto en absoluto el problema de la ignorancia, que, aunque hoy no es forzada, sino voluntaria, afecta a enormes masas de ciudadanos que ejercen su voto sin reparar en su virtualidad e importancia, y sin establecer ninguna relación directa entre lo que ellos votan y lo que después resulta. Muchos ciudadanos creen que Europa se está resquebrajando, o coqueteando con los nacionalismos identitarios, por culpa del viento; o porque hay políticos como Trump y Salvini; o porque los sistemas y todos sus componentes están oxidados; o porque la historia tiene ciclos de regresión inevitables. Pero nadie se atreve a decir que la causa principal de esta degradación de la política viene enganchada al voto de la gente; o a la actitud de millones de ciudadanos que, ejerciendo su voto con tanta libertad como irresponsabilidad, están entregando grandes parcelas de poder a personajes que prometen dramáticos milagros con recetas cien veces fracasadas.

La moda es acallar este problema, y ejercer una demolatría insufrible que debilita la conciencia social; decir que el trabajo del ciudadano se reduce a votar con libertad, para que luego los políticos asuman la obligación de hacer pan bueno con trigo malo; o afirmar que el ciudadano es la víctima del sistema, en vez de ser su inteligencia y su fuerza determinante. Por eso tendemos a negar cualquier responsabilidad en este desaguisado que amenaza nuestra libertad y nuestra felicidad. Pero es un grave error, y un absurdo, seguir creyendo que en democracia todos tienen la culpa, menos el ciudadano de a pie. Porque si tuviésemos que caer en la exageración de señalar un único responsable de la degradación, y no volviésemos los ojos hacia nosotros mismos, ya no estaríamos viviendo en democracia, ese bendito pan que solo se amasa con demos y kratos.

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