Los límites de la humillación


Empecemos por lo obvio: toda derrota parlamentaria de un gobierno es un síntoma de su debilidad. En el caso del Gobierno actual, no hacía falta esa prueba porque con 85 diputados la debilidad no puede ser mayor. Sigamos por lo menos obvio: estemos o no estemos de acuerdo con el techo de gasto marcado por la ministra Montero, posiblemente se trate del único posible, porque es el que se ajusta al déficit autorizado por Bruselas, que es quien tiene la última palabra. Y terminemos por una suposición: las abstenciones y los votos negativos de ayer, se vistan como se vistan, no se basaron en razones económicas, sino estricta y escandalosamente políticas. Se contaba, faltaría más, con la oposición tajante del Partido Popular, que huye del aumento de gasto no como gato escaldado, sino mucho peor: como si Montoro siguiera siendo ministro de Hacienda. Se contaba también con el «no» de Ciudadanos, que va de liberal y un liberal no se mezcla con el rojerío. Pero, ¿qué ocurrió con los socios, que ahora parecen conjurados para amargarle a Sánchez la vida? Ay, amigos: ahí está Unidos Podemos, que tiene que quedar como más social que los socialistas, aunque sea despreciando la ley de la gravedad. Amigos del PSOE gobernante, muy amiguiños, pero los votos por lo que valen: cualquier día se convocan elecciones y ni Pablo Iglesias ni Alberto Garzón quieren ser confundidos con un socialdemócrata que viaja en avión. Hay que ir marcando distancias u obtener un beneficio que se pueda explotar bien. 

Y ahí están los catalanes, con su evangelio laico del apóstol Puigdemont: que Sánchez pase de los gestos a los hechos. Es decir, que hable con la Fiscal General para que los presos puedan salir en libertad. Y algo más difícil todavía: que se den pasos serios hacia el referendo de autodeterminación. Ese binomio de condiciones figura en el catecismo soberanista como artículos de fe o como moscas cojoneras. El Gobierno catalán las ha puesto, por ejemplo, en el orden del día de la comisión bilateral del próximo miércoles. La abstención parlamentaria de ayer fue un enseñar la patita para demostrar a Pedro Sánchez hasta qué punto le pueden hacer daño: pueden no derribarlo, pero pueden convertir su estancia en Moncloa en un calvario con la cruz a cuestas de no dejarle aprobar nada y la flagelación de recordarle en público su debilidad. Así se las gastan estos señores. Un día más estamos ante la pregunta de si vale la pena seguir así; si le vale la pena al propio Sánchez. Hace unos días sostuve aquí, y lo mantengo, que los nacionalistas no lo van a derribar. Solo van a aprovecharse de su precariedad. Pero es él, Pedro Sánchez, el que tiene que medir dónde están los límites de la humillación.

Los votos negativos de ayer, se vistan como se vistan, no se basaron en razones económicas, sino estricta y escandalosamente políticas

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